La hora de Babel de Alfredo Juan Álvarez

68mujeres

Si pudiera poner sobre la mesa el tema central de la novela La hora de Babel (1981) de Alfredo Juan Álvarez, sin duda, diría que es la crisis de la clase media mexicana en los sesenta. No es la primera, ni la única obra del 68 que tiene como parte sustantiva, hacer inmersión en el complejo mundo de la clase media. Si bien es el contexto social más común en las novelas del 68, ya que precisamente esta “clase” fue la protagonista del movimiento; no todas giran en torno a su crisis, a sus cuestionamientos típicamente existenciales.

            Otras novelas que comparten esta dirección son: Que la carne es hierba de Marco Antonio Campos (1982), Las rojas son las carreteras (1976) de David Martín del Campo, La invitación (1972) y Crónica de la intervención (1982) de Juan García Ponce. Cada una con distintas perspectivas, pero dentro del campo de la clase media y sus preocupaciones.

La hora de Babel es una novela que toca de forma tangencial el 68, es un punto dramático de la obra, pero no es el clave. Sin embargo, nos deja puntos de reflexión que vale la pena comentar. Como lo dijo el crítico Evodio Escalante, la novela recrea muy bien la atmósfera “de la dura transición entre el existencialismo como forma de desesperación pequeño burguesa y una politización izquierdista que será detenida”. La transformación de muchos de los integrantes de la clase media, se observa muy bien en la novela.

Sin embargo, la clase media intelectual, en la cual se centra la novela, lucha a partir de sus problemas existenciales:

Lo terrible es que siempre nos hace falta un detalle importante: tras de matar a Dios, es preciso enterrarlo, porque si no, llevamos su cadáver en el alma y es una carroña que contamina hasta nuestros actos más superficiales. Ahora mi tarea consiste en sepultarlo definitivamente. (13)

 

68hombres

Esos mismos jóvenes que pueblan la Ciudad de México, siempre andan en busca de algo que borre el destino que se les ha trazado. Al igual que varias novelas del 68, las mujeres son los personajes más revolucionarios, son las que rompen de manera más evidente con el determinismo social. Desde luego, el escenario más evidente es la casa; es en la familia en donde se refleja la crítica del autor:

Expresiones de un marido mexicano, clase media, durante las vacaciones:

¿Pero es qué no se puede estar tranquilo?

¡Después de matarse trabajando venir…a esto!

Quiero tranquilidad, ¿entiendes? ¡Eso es todo! ¿O no tengo derecho a descansar un poco?

¡Tenía que pasar! ¡Claro! Ahora sí ya sé que es imposible uno!, ¿eh? ¡Uno solo! ¡Un solo día de tranquilidad!

Los niños descuidados, el Pepín comiendo tierra. ¡Bah! Y yo que pensaba en un día tranquilo. ¡Claro, tú te vas y no te importo yo ni te importa…! (15)

Hay dos personajes mujeres dentro de la novela que son especialmente importantes. La primera es Belén, una chica de clase media alta, de familia judía tradicional. Ella es amante de Valentín, narrador de la novela, pero también de Dalberto. Belén como muchas mujeres de la época no pueden hacer una ruptura de manera frontal con sus tradiciones; o quizá lo correcto sería que pueden romper con algunas como es el caso de la vida profesional:

-Pero yo no voy a estudiar Química. Voy al bachillerato. Y quiero saber lo que hay qué saber, desde hablar bien el español…

Callaron. Era una ofensa, una dura ofensa…Quien aprende ladino en la infancia, aunque sólo sea unas palabras, mantiene toda su vida algunas expresiones. (Por eso tú ahora encargas a tu criada queques, alamares, madalenas, boyos, semitas, sin saber que los panes ya no tienen nombre, y te enojas porque te traen chilindrinas en vez de volcanes, conchas en lugar de lunas). (108)

Debido a que la decisión de las mujeres en relación con su vida profesional se ha dado paulatinamente, no fue un tema tan fuerte en el contexto de la novela. Aunque son pocas la mujeres que estudian en la universidad aún; sin embargo, el gran tema es la vida sexual de las mujeres. Belén, con todo y su tradición, se arriesga a tener amantes porque es la única forma de buscar el placer; desafortunadamente, su contexto no le permite tomar decisiones en ese sentido. Belén es valiente, sabiendo que su marido la reacción de su marido:

-…¿Fue?…¡Ah! Es que ahora me dices todo. ¡Todo! ¡Todo! Golpeaba la mesa lenta y pesadamente con el grueso puño-. ¡Puta!, perra asquerosa, puta maldita. ¿Pensaste en tus hijos? ¡Responde! –y no te dejaba hablar. Tiraste de tu collar con una tensión inmensa y cayeron todas las cuentas sobre el escritorio. Separó el sillón y de un manotazo echó al suelo cocacola, cartas, cuentas, papeles, reglas de cálculo…y paz. Conoció que su esposa, ese ser, ese adorno, ese animal que le ahuyentaba la soledad, tenía otra vida. (120-121)

 

68Tlate

 

Otra de las mujeres clave en la novela es Violeta, amante de Valentín, la cual es una joven que tenía necesidad de ejercer su sexualidad y sin importar con quién:

-Pero –me dijo- ¡no me gusta! Y… ¡no me aguanto! No resista más la “castidad”…La castidad es estúpida…Si al menos encontrara a…alguien…¿quién? ¡Alguien!

-Pues yo Violeta, yo –le dije.

-¡Sí!…Pero… ¡que sea un secreto! Es decir…Tu mujer…My friends…you knows…¿secreto? ¿Me lo prometes?

-O.K. –Pensé, por uno momento, decir no. ¿Qué haría yo con ella? Tú me conoces. Ya me dieron los treinta años, ya no tengo urgencia…pero… (17)

La relación de Valentín y Violeta, va creciendo bajo la sombra de Susana, la esposa de Valentín, arquitecta, siempre ocupada en su vida profesional. Al parecer no hay una razón fuerte para que la relación entre Valentín y Susana siguiera; se percibe una relación amor odio entre ellos, la misma relación que Valentín tiene con la ciudad de México:

 No puedo concebir mi unión con Susana sin el fondo de México, templo de todas mis devociones. Ella es reflejo de la ciudad. Hija de la ciudad. Irreverente hija de la ciudad: ama el campo, los paseos, los viajes. Y yo soy una ventosa para este asfalto y estos edificios. Me adhiero a ellos como salvación: curar mi soledad. Tolero el mal, incluso lo tolero placenteramente, considerándolo una necesidad cotidiana de fuego. […] Susana es ciudad. Susana es como la ciudad y no es interrogable: fría en las noches, ruidosa en los días. Me ofrece un suelo: ¿fantástico? Es un suelo: ¿deseo? ¿Deseo de tierra, de muerte, de sepultura, de olvido? –Quizá. (139)

Violeta, la amante comienza a enamorarse de Valentín y lo cuestiona sobre su vida sentimental:

Se necesita tener algo para dar. ¿Sabes? Y tú necesitas…¡casi todo! Te veo tan vacío…lo noto en tus manos. El vacío de la gente se nota en tus manos. ¡Y los gestos que haces! Todo en ti pide y tienes el convencimiento de que todo ha de serte negado… (18)

El caso de Susana es distinto al de Belén y Violeta. Ella a pesar de tener completa libertad de ejercer su vida profesional y de tener a una marido poco ortodoxo, tiene miedo a ejercer su sexualidad:

-…no debíamos hacer el amor así…no debía tener tanto placer…me hace pensar que este placer se lo puedes dar a otra… […] y supe que aquellas actitudes suyas que nacían desde años atrás, resultaban al revés de cuanto yo creía, pues mientras experimentaba más placer, me guardaba un más profundo rencor. ¿Es explicable?

En el caso de los personajes masculinos, observamos que hacen una transición intelectual. Del existencialismo, personificado en el profesor Valladolid, se pasa a lecturas que los llevan a la acción, sobre todo en el caso de Valentín:

La amistad entre Valladolid y yo parecía desmoronarse, debido a mis crecientes lecturas de Trotski, de Gramsci. Mi lenguaje cambiaba. Y también cambiaba mi concepción del mundo. Poco a poco, la ciudad, que antes fuera presencia grandiosa, se convertía en un cerro de complicados problemas, de graves intercambios y adquiría una nueva cara. (147)

Valentín es el narrador y protagonista de la novela, en él recae la transición y la transformación de parte de la clase media de la Ciudad de México. Por lo pronto, después de haber convivido en su temprana juventud con el profesor Valladolid, encuentra a Dalberto, un personaje de características ambiguas, por una lado se muestra como un comerciante de arte, funcionario del gobierno, pero también como lector de Trotsky. Su amistad comienza cuando Dalberto lo contrata para hacer unos reproducciones y después le propone hacer una traducción de Trotsky con muy buena paga. Dalberto, tiene un hijo de la edad de Valentín estudiando en Francia, pero que pasaría el año del 68 en la Ciudad de México. Aquí hay un tema importante, referente a la transición de los comportamientos de los personajes. Dalberto, a pesar de ser un funcionario del PRI, tiene una forma de pensar honesta y razonable. De hecho su hijo Román forma parte del movimiento estudiantil. Sin embargo, cuando su jefe se entera de lo que está haciendo la represión es monstruosa:

En el momento es que el enorme cuchillo entraba por el ano, chorreando sangre, sangre que caía y saltaba. Cuerpo que se arqueaba. Quejido que no lograba salir porque se lo tragaban los pañuelos. ¡Tenía la boca llena de pañuelos! Y más sangre, y sólo asomaba el mango de madera, rojo, completamente rojo. Mientras que en horribles, horribles contorsiones, Román, ¡Román! Y gritaba que no, que ya, que lo dejaran, que me soltaran, oye, oye, Belén, oye, se me acercó uno: (254)

Como lo dije al principio del artículo, La hora de Babel, no es una novela que tenga como  centro el Movimiento Estudiantil del 68, pero la atmósfera que se recrea nos puede ayudar seguir construyendo el patrón final de este grupo de novelas.

By

Escríbeme: yosoy@ricardocartas.com

0 Comments

Leave a comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *