Plaza de Octubre de Enrique Ezeta

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La novela del 68 en México tiene un nuevo vástago, me refiero a Plaza de Octubre de Enrique Ezeta, editada por Lectorum en su colección Marea Alta. Hasta donde tengo conocimiento, esta novela sería la número cuarenta y tres.

Cuando vi la novela en la mesa de novedad de Sanborns me hice un par de preguntas ¿Después de 42 novelas anteriores y tantos años, qué puede escribir Enrique Ezeta que nos pueda sorprender sobre el movimiento del 68?

El inicio es interesante. La historia comienza con una introducción en donde Ernesto Alcántara nos platica desde un pasado cercano (Julio del 88), su encuentro con un libro que lleva por título “Telarañas” de Miguel Saavedra, cuyo tema es el movimiento del 68. Los datos que contiene lo lleva a buscar al autor, pero sólo encuentra a la esposa, la cual le platica que su esposo ya había fallecido y que trabajó en la policía política; por esa razón tenía mucha información confidencial. Sin embargo, la publicación de la obra le costó la vida.

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A partir de esa introducción, se comienza a desarrollar la historia, la cual, tiene un formato de crónica que comprende de abril de 1968 a Julio de 1988. Va narrando de forma paralela las posturas del gobierno, así como de los jóvenes que se involucran en el movimiento. El punto donde convergen estos dos puntos de vista, se da en la relación que tienen Diana y Amado. Ella, es la joven esposa de Rubén Cajigal, uno de los jefes de la policía política que opera los ataques en contra de los miembros de CNH.

El punto de tensión se desarrolla cuando Diana se empieza a involucrar con Amado, un joven seductor que no tiene más intereses que conquistar mujeres. Tanto Diana como Alonso saben muy bien de los riesgos de su relación; sin embargo, son arrastrados por su pasión superficial clasemediera. Su politización es prácticamente nula, saben que existe el movimiento, pero no les interesa en lo más mínimo.

Amado es de la misma edad que muchos de los que estaban involucrados en el movimiento, era natural que tuvieran ciertos puntos de encuentro, sobre todo, con las mujeres. De hecho, tiene una novia de nombre Leticia, la única mujer que participa en las brigadas de manera activa en el movimiento. Días después Rubén Cajigal se entera de la infidelidad de su esposa; sin embargo, el personaje es altamente racional y espera mejor momento para actuar.

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Dentro de la novela hay un intento por parte del autor, no como lo hizo Spota en su momento, de mostrar varias voces, sus puntos de vista sobre el hecho. La voz oficial se hace presente, sus contradicciones, pero también están los jóvenes que participaron en el movimiento desde el interior de las asambleas:

-Compañeros, debo decirles que ya entraremos en pláticas con los dos representantes del Gobierno para que satisfagan nuestro pliego petitorio. Si bien no hemos avanzado mucho, no hemos roto las pláticas. Yo traigo la resolución de mi escuela de que sólo vayamos a Tlatelolco, soy de la opinión que seamos morigerados y organicemos un mitin, nada más, para evitar la represión y de esta manera seguir haciendo presencia. (p. 134)

[…] Cualquier que entrara en ese momento al auditorio, su primera impresión sería la del caos, pero detrás de ese alboroto, griterío y rechiflas se iba abriendo paso la voluntad mayoritaria, que sería quien determinara las decisiones de la asamblea.

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En otro aspecto relevante, Enrique Ezeta plantea de forma muy clara el motivo real que provocó la represión, fue la ruptura de los jóvenes ante la tradición política del PRI:

El estudiantado había roto una regla de oro del sistema: todo debe canalizarse por las vías institucionales, y, en cambio, los estudiantes tuvieron la desfachatez de cuestionar los pilares básicos que le dan la estabilidad al país. (p. 165)

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Este punto es muy importante, ya que nos damos cuenta que el ego de los gobernantes era tan grande que no permitía que unos jóvenes universitarios los cuestionaran. Los integrantes del estado sabía que esos grupos supuestamente “radicales” como los comunistas no representaban peligro alguno; sin embargo, tuvieron que crear una tesis que permitiera poder ejecutar sus acciones en contra de los jóvenes. No hay texto en donde no se hable de esa supuesta Conjura Comunista Internacional. Lo interesante en la novela de Enrique Ezeta, es que ni los miembros de la policía política creen en la tesis de la Conjura:

-No hay que temer. El PC es una organización muy burocrática. Ellos están contentos festejando los aniversarios, como el de la Revolución cubana, cantando La Internacional y gritando sus sobadas diatribas contra el imperialismo. Pero de ahí no pasan. Quizá otros grupos extremistas, pero esos son pocos y andan con el run, run de la guerrilla. Ya saben, Lucio Cabañas y Genero Vázquez en Guerrero. (p. 38) […]

Él, que conocía de hace tiempo las acciones de esos grupos, sabía que no daban para mucho, pero en fin, siempre eran buenos los chivos expiatorios; con su presencia se justificaban muchos actos del Gobierno. La gente lo creía a pie puntillas, sobre todo cuando se hablaba de “conjura comunista internacional”.

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Hablar de la Conjura Comunista en nuestro país, es hablar de las relaciones que se mantenían con los países Socialistas de la época, sobre todo, Cuba, que siempre ha tenido una relación extraña con México; sin embargo, Enrique Ezeta nos muestra muy bien de lo que se trata:

-En pocos meses comienzan las olimpiadas y ése es un asunto muy propicio para provocar problemas, incluso injerencias internacionales. Hasta ahora los cubanos han dado muestra de no querer intervenir, pero hay otros países, como Corea del Norte o la misma URSS, que lo harían de mil amores. Incluso los mismos barbones pueden utilizar a terceros para boicotear los juegos. Por eso, insisto, debemos de ser muy cautos con los estudiantes. ( p. 38)

Otro de los temas que salta a la vista en la novela, es la confusión que existe entre la policía y e ejército. No es la primera vez que se planeta esa confusión como una estrategia para provocar la violencia en la plaza de Tlatelolco:

-No sé, jefe, no sé. Creo que los francotiradores fueron quienes ocasionaron toda la balacera. Lo que no entiendo todavía es quiénes eran los francotiradores. Porque estudiantes no eran –lo señaló en situación de hombre abrumado y confundido, incapaz en ese momento de elaborar un escenario racional.

-Sí, tienes razón. Algo extraño ocurrió. El plan propuesto era detener a los del Consejo de Huelga, pero no desatar la balacera. Pienso que algunos estudiantes iban armados y dispararon al ver acercarse al ejército. (p.163)

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En la parte final de la novela, después de la masacre del 2 de octubre, Amado escapa y se va a refugiar a la casa de Diana, que al saber que su marido lo quería matar, lo manda a una casa de Valle de Bravo. Otro de los protagonistas, Jorge, es preso y torturado. Cajigal le pregunta por Amado. Mientras tanto, Diana le encarga a su amiga Carolina, el cuidado de Amado. Desde luego, ahí se da otra relación y después Amado escapa y por azares del destino se pone en contacto con la guerrilla en Guerrero a través de Esteban. Cuando regresa al D.F. se va a refugiar a casa de Tere, esposa de su amigo Jorge que finalmente es asesinado y tirado al mar. Cuando Cajigal descubre que está con Tere, va de inmediato y lo secuestran, lo violan y finalmente lo matan.

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La versión oficial de los hechos que se plantea en la novela, es la que aparece en casi todas las novelas del 68:

-¿Cuántos cadáveres contaste?

-Seguro, yo alcancé a contar como cuarenta, pero nada más del lado de la plaza donde me encontraba. Más allá se veía gente tirada, muerta o herida. No sé, aunque yo creo que fueron muchos más. Estuvo salvaje la balacera.

-Está bien Godínez, pero luego el Ejército se guarda sus cifras y no suelta nada. –Bebió otro trago de café de la taza que conservaba en la mano-. Y vete a quitar esa bata y bañarte que hueles a muerto. ¡Ah! ¿Ya entregaste tu informe?

-Sí señor –diciendo esto salió del despacho.

-Cómo vamos a saber cuántos muertos hubo si el ejército se llevó muchos? –preguntó Martínez con vago interés.

-¿A quién le importan los muertos, Caramuelas. Los muertos, muertos están. No creas que el licenciado Alcázar o el señor presidente van a dar la verdadera cifra. Se manejó la cantidad de alrededor de treinta muertos con la prensa y eso es más que suficiente. No esperes que digan: sí, señores, fueron trescientos muertos, con las olimpiadas encima. Ahora es el momento de aplacar el ruido. Que las madres y los padres de los muertos busquen. Para qué dejaron salir a sus hijos. Se les advirtió muchas veces. Los demás muertos que no fueron estudiantes se lo merecen por mirones. ¿Sabías que en el ataque a Palacio Nacional durante la Decena Trágica, la mayoría de decesos fueron entre los mirones y no entre la tropa? (p. 164-165)

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Plaza de octubre de Enrique Ezeta, es una novela que se suma al subgrupo de novelas del 68 con pretensión de verdad, es una crónica novelada, de la cual basta echar un ojo al epílogo para entender la pretensión del escritor. ¿Recomendable? ¡Claro! Toda lectura que nos haga mantener en nuestra memoria hechos como este, siempre son recomendables.

 

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