Tus zapatillas suenan a sexo

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—Qué manera de quebrarlo; se prepara para volar desde la tercera cuerda, y a la voz de no hay meseros: 1, 2, ¡Qué carnicería señores!

—¡La huracarrana no, por favor!

—Qué alguien detenga la masacre, Ulises es invencible… —¡Oye qué te pasa, por qué lo apagas!

—Pues ya ganaste ¿no? Además ya sabes que no me gusta que te burles de mí, te aprovechas de que es tuyo el nintendo, pero ya verás cuando mi pa’ me compre el mío.

—No mames, Gabriel, tu papá jamás te comprará nada. ¿No fue él quien organizó las jornadas antinintendo de toda la ciudad? ¿Te acuerdas, no? “¡Aleje a sus hijos del aparato infernal, satanás está presente. Diga no al nintendo y sí a la matatena!”

—Ya ni me acuerdes, ¿no ves que se me cae la cara de vergüenza?

—No es para tanto, además ¿quién le hizo caso? No es por nada Gabo, pero tu papá está bien orate.

—Oye, ¿no has sabido nada de tu hermana?

—¿No te digo?, luego, luego la venganza.

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Gabriel y yo salíamos de la casa cuando se estacionó un misterioso taxi justo enfrente del portal de mi vecina. Hubiéramos seguido nuestro camino si no es por aquellas delgadas piernas que apresuradas intentaban salir. No hicimos ningún comentario, digamos que no hubo necesidad de hacer aclaraciones, simplemente demostré mis mejores dotes de caballero ayudándole a bajar sus maletas. Ella caminó hacia la puerta de manera apresurada haciendo que el tacón de sus zapatillas rechinara contra el pavimento, ¿qué puede tener de extraño eso? Quizá el Gabo y yo éramos los únicos en comprenderlo.

 ***

Mi sexo se humedeció al sentir su presencia. No había pasado tanto tiempo desde que mi prima nos presentó en aquél verano con tus cabellos despabilados y tus ojos de lumbre. No me mira a los ojos y hace todo lo posible por estar alejado. Anda, Ulises, sigue mis pasos, quiero que estés entre mis piernas, anda, hazlo como cuando jugábamos a las escondidas. Invítame a la oscuridad del ropero, a los lugares secretos, invítame. Olvida esa bicicleta, acércate a mi vientre, cabálgame, sigo siendo la misma niña de antes. Puedo convertirme en tus sueños de agua, en noche, en luna, en el aro de tu bicicleta.

Cuando me hayas hecho el amor correrás a contarle a todos tus amigos que me viste entre tus brazos, que mi himen sólo era un delgado velo de carne, que mi pequeña boca salía un grito de dolor, que tu semen resbaló por mi barbilla y que mi lengua hambrienta era una alfombra roja esperando la oleada.

***

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—Qué amable, muchas gracias, ¿no te acuerdas de mí? —no (ah, caray). ¿A poco nos conocemos?

—Ay, Ulises, soy Beti, la prima de tu vecina Charo. —¿Beti? ¿Charo? (¡Anda cerebro funciona, siquiera una vez en la vida! ¿Beti Blue? ¿Beti mármol? ¿Beti Boing? ¿Beti, el amor de Dante?).

—Hace tiempo vine a pasar las vacaciones con mi prima y tú jugabas con nosotras a las escondidas, cómo es posible que ya no te acuerdes.

—Beti, claro, cómo se me iba a olvidar, si ustedes junto con mi hermana eran las que siempre me encerraban en los roperos, ¿no?

—¿Y qué fue de tu hermana?

 ***

 Hoy llegaré y esconderás la mirada al ver mis pequeños senos recién nacidos. Ulises, me llevarás al lago de las serpientes, nadaremos los dos solos, imaginando que estamos dentro del vientre de tu madre. Sumergidos en el agua se confundirán nuestros cuerpos, verás mi delgadez en espera. Jugaremos con las serpientes, dejaremos que nos lleven al fondo del abismo, a mi abismo, a nuestro sueño. Me recostaré junto a ti, enroscaré mis piernas en el aire para que las veas, rozaré mis dedos en la orilla de tus pies, reconoceré tus tobillos, caminaré hasta el incendio, hasta tus ramas verdes que expulsarán humo. Nadarás en mi lago, Ulises, quedarás enraizado en mis lirios y ahogarás tu niñez.

***

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 —Mi hermana se fue, bueno, en realidad no sé qué es lo que pasó con ella. Simplemente cuando regresé de la escuela ya no estaba y cuando se me ocurrió preguntar por ella me dieron una tunda del carajo, como te podrás imaginar, no quisiera hablar de esto.

—Oye, creo no hay nadie en casa de mi prima, ¿puedo meter las maletas a tu casa?

—Claro

—¡Carajo! ¿Todavía estás aquí, Gabo? se me hace que tu papá ya te anda buscando para que lo acompañes a predicar, ¿eh? mira, te presento a una amiga de toda la vida.

Gabriel me miró con rencor, se acomodó la gorra y antes de irse le dio un beso a Beti diciéndole: “¿sabes?, ten mucho cuidado con este muchacho, es de muy malas mañas, bueno, en realidad les viene de familia, pregúntale qué es lo que estaba haciendo su hermana con una compañera en el baño”.

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—¡Gabo! no jodas, de dónde sacas todo eso.

—Lo dice todo el mundo Ulises, y bueno, mucho gusto, que te diviertas en tus vacaciones, Beti.

Nos quedamos un instante en completo silencio hasta que se me ocurrió abrir la puerta de la casa y ofrecerle un poco de agua a mi invitada.

***

 ¿Qué dirá tu sexo al ver a mis feroces pezones sin cadenas? Ellos crecerán como un gusano hacia tus ojos y te embrujarán. No te dejarán dormir, sentirás cómo te van enredado poco a poco y se colocarán por la cerradura; entrarán en tus sábanas, sentirás mis poros, sentirás mis pequeñas gotas de leche endulzar tu boca.

 ***

 —Gracias, Ulises, pero, ¿no tendrás una cerveza? Lo que pasa es que tengo mucho calor.

—Siéntate en lo que voy a buscar a la cocina, creo que ha de haber alguna por ahí.

—¿Y tu madre?

—Trabajando, ya sabes. Oye, es oscura ¿no importa? —No, el color es lo de menos, sólo quiero que me quite la sed.

—Oye, pero no te la tomes tan de prisa.

—No te preocupes, ¿tú no vas a tomar nada? anda, tenemos que brindar por los viejos tiempos, ¿no?

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Salí de la casa un poco pensativo, ¿mi hermana una lesbiana o sólo lo habrá dicho para quemarme enfrente de Beti? Bueno, eso no me tiene que importar tanto. Pero miren nada más en lo que se convirtió Beti, hasta muy tomadora la muy, muy. Sólo espero que no sea de las que se encueren a la primera chela porque mi madre no tarda en llegar y pobre de ella: ¡Qué chulos salieron sus hijos!

Cuando regresé bien repuesto para brindar por los viejos tiempos, Beti ya se había ido con todo y maletas. Qué desconsideración, ni siquiera dejó una nota. Y para colmo en ese momento llegó mi madre.

—¡Ulises! Qué haces con esa cerveza. Nada más eso me faltaba.

—Ya, mamá (pinche vieja teatrera).

—¿Qué dijiste?

—¿Te quieres calmar? déjame explicarte: ¿te acuerdas de Beti? Sí, la prima de la vecina que venía en los veranos.

—No me digas, ¿está embarazada?

—No mamá, llegó hace rato y como no había nadie en casa de Charo pues la invité a pasar en lo que llegaba su prima.

—¿Y eso qué tiene que ver con la cerveza?

—Pues que tenía ganas de una, ¿simple, no?

—¿Simple? súbase a su cuarto pinche chamaco cabrón.

 ***

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 Beti y sus piernas de alas, y tus zapatillas sonando a sexo, Beti, ¿por qué te fuiste así? Todo iba tan bien. Y lo peor de todo es que no pude ¡ay, esa cobardía de mi amor por ella! Bah, esa ni yo me la creo. Tú no necesitas una mujer, Ulises, sabes que con eso todo se complica. Ellas sólo esperan el momento en que estés en la bolsa y brongó, justo en ese momento el tiro de gracia.

Beti, Beti, la que compartía la oscuridad del ropero en los veranos, la que enrollaba sus piernas en mi cintura mientras nadábamos, la que te ofrecía ese pecho sin formas, la que te llevaba de la mano hacia la cola del burro en las fiestas de cumpleaños, la misma que se bajó de ese taxi hace algunos minutos y desenfundó esas largas piernas, destrozando mis oídos con el golpeteo de sus zapatillas.

***

 —¡Ulises! (este es un grito de madre)

Ya sé: bájale un poco a tu ruido. para mi madre todo es ruido. Yo soy el peor de ellos, mi hermana, el recuerdo de mi papá, dios, los tiros que mataron a Colosio, los goles de zague, el pasamontañas del sub, mi bici, mi hambre, mi vagancia. La vida es un ruido a los cuarenta.

—¡Ulises! (este es un grito que chinga la madre)

Ya sé: me bañaré e iré a los mandados: luz, teléfono, saludaré, hola, buenas las tenga, blu, blu y así todo el día.

—¡Ulises!

—¿Y ahora qué?

—Te habla Beti.


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Ni modo, madre, no habrá pretextos que te salven. Tendrás que soltar una choncha cantidad para que me lleve a la muchachita a recorrer la ciudad. Imagínate lo que dirán de ulises si no complace a su amiguita de la niñez. mi madre no soportaría que estuviera en la boca de las vecinas: Ulises no tuvo ni un quinto para pagarle sus cervecitas a la muchacha. Podrían hablar mal de mi hermana por sus desviaciones sexuales pero de su hijo nunca.

—Hola

—¿Y tu prima?

—Se quedó en la casa, sólo vine a pedirte disculpas por haberte dejado así.

—No te preocupes, ya estoy acostumbrado.

—Bueno, yo los dejo —se despidió la alcahueta de mi madre—. Beti, pero cómo has crecido, pero bueno, estás en tu casa, ¿eh? Cualquier cosa que se te ofrezca se la pides a Ulises.

—Gracias, señora…

—La cuidas, por favor, llego hasta en la noche.

—Ándele ma’, que le vaya bien. oye, y ¿No se le olvida nada?

—Ah, sí, qué tonta. En la cantina está mi cartera, ahí tomas lo necesario, nada más no te mandes. Nos vemos al ratito. Después del azote de la puerta nos aprisionó el silencio. me acordé de la cerveza que había en el refrigerador y se la ofrecí. Nos la tomamos en un dos por tres mientras un signo enorme de interrogación se dibujaba encima de mi cabeza.

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Sus piernas se entrecruzaron, haciendo que su falda descubriera mucho más que la mitad de sus delgadas piernas. Caminamos unas cuadras para alejarnos de la colonia y tomar un taxi hacia el centro de la ciudad. Entramos a un café de la avenida Reforma y empezamos a platicar sobre la muerte de su padre. Lo contaba con mucha naturalidad, como se suelen contar las cosas a los dieciséis años. No importaba nada, sólo que sus piernas estuvieran contentas y que conservaran su frescura.

—Ya pronto acabará el verano.

—Eso me preocupa, no conozco lo que se siente, ya ves que dicen que todo es muy bonito, ¿o esa es la primavera? La maldita primavera.

—No lo sé, para mí todo es igual, si no fuera por santa Claus ni siquiera me enteraría de cuando es navidad.

—No exageres, ¿en serio…? (ella se está acercando).

—No exagero.

—¿Quieres otra cerveza?

—Sí, aunque ya está soplando el viento. —¿Y eso qué?

—¿Crees que llueva?

—Todas las tardes llueve.

 ***

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 Sus piernas ennegrecieron a la par del cielo. La gente apuraba el paso para llegar a sus casas. Los paraguas se abrían y las calles comenzaban a llenarse del murmullo de la lluvia.

No hallaba qué decir, ella estaba concentrada viendo las gotas que se estacionaban en la ventana. Su aliento era tibio, seduciendo todo a su alrededor, yo no era la excepción. Cuando el bar se quedó vacío ella se recargó en mis rodillas, observando mi boca.

—¿Me besas?

Busqué algo con qué distraerme, el cenicero me decía: ¡vaya, hasta que por fin me volteas a ver, ándale Ulises, ella es tuya! Giré y la ventana nos veía frotándose las manos. Pues ni modo, algún día me tendría que llegar. Nos besamos detalladamente, como gringa probando algún menjurje mexicano. Abrí los ojos y sus manos tomaron mi cabeza para hundirme en su océano. Esta es una lengua, me decía a mí mismo, y estos otros labios, más allá el paladar y eso que está bajando por mi cuello es su boca. ¿Y lo que estoy sintiendo? ¿Qué carajo estoy sintiendo? Al acabar de besarnos ella soltó una risotada.

—¿Cuál es el chiste?

—Nada, sólo me acordaba de ti cuando te dejábamos encerrado en el ropero.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada, que ahora estás encerrado en mí.

 ***

 Pagamos la cuenta y dejé diez de propina como me había enseñado mi madre. Salimos corriendo para acompañar a la lluvia. Pateamos unos cuantos charcos y al ver su incomodidad para seguir corriendo con los sendos tacones me hinqué para desabrochar sus zapatillas.

Nos mojamos por completo. Los taxis no paraban —“no mano, me vas a desgraciar las vestiduras”—, hasta que por fin uno de esos centaveros, que prefieren ganarse algunos pesos aunque haya que perder la vida, se apiadó de nosotros.

—Está buena la agüita, ¿verdad?

—Sí, cómo no, pero ya hacía falta, pobrecitos de nuestros campesinos ¿no cree?

—Eso sí, pero para nosotros es peor. Vea nomás cómo se congestionan las calles. Me cae joven que para mañana mejor me traigo los remos y apago el motor.

—Es buena idea, ¿pero no ha pensado instalarle un motor de lancha? Imagínese, así de volón que sale del tráfico.

—Eso no lo había pensado, ¿qué, es usted universitario? —Qué pasó, más respeto.

***

Navegamos por media hora sobre el bulevar que parte a la ciudad en dos. Para nosotros el tiempo era lo de menos.

Mis manos exploraban, acción mejor conocida en los bajos mundos como “fax de cuates”, “raund” o “faisán de cola morada”.

El canijo taxista bien conocedor del asunto se echaba sus vistazos por el retrovisor, hasta me cerraba el ojo en señal de éxito. Me señalaba con los ojos la propaganda del motel Jacarandas que suele llevar todo el gremio taxístico para este tipo de casos.

Llegamos a la casa. No sabía qué hacer, sólo faltaban un par de horas para que mi madre regresara.

—Necesitamos un baño muy caliente, Ulises, si no vamos a resfriarnos.

—Lo mismo dice mi madre.

—¿No tienes una toalla?

—Claro.

Subí las escaleras. Me entretuve buscando el color de la toalla que mejor le asentara. ¿Roja?, ¿verde?, ¿amarilla? Cuando llegué al baño Beti estaba desnuda. El vapor comenzó a cubrir todo el acto.

Imaginé un fondo con los requintos de Kirk Hammet para este final, imaginé la mejor victoria del pancracio luchístico, je, je y, sobre todo, la cara que pondrá el Gabo cuando le cuente todo esto.

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