El tigre de San Baltazar

Reloj de furia el tigre se desgarra a sí mismo cuando está solo demasiado tiempo, y la materia de su vista no es la luz sino la sangre.

Eduardo Lizalde

 Aquí, a la mitad de la colina, me encuentro yo, el sardo de mi padre, mi ma’ y las chamagosas de mis hermanas. me gusta el pueblo aunque en realidad no lo es. Hay mercado, presidencia municipal, feria en enero y carnaval de huehues en semana santa; pero también se encuentran palomitas de microondas, prostíbulos elegantes y tiendas de aparatos electrodomésticos.

Enero es un mes de fiesta: los vendedores de plátanos fritos, la rueda de la fortuna, la casa de los taganeros, pulqueros y luchadores de quinto patio hacen de la avenida principal escenario perfecto para que las changuitas salgan a lucir sus mejores trapos, caminan galaneando, moviendo el cuerpecito de ajolote, salpicando miradas de ven, ven, ven. era mes de fiesta.


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A fuerza de litros de pintura (y que quede bien claro, no soy de los muchachos mojonudos que andan por las calles pintarrajeando la ciudad, esos que se dicen llamar grafite- ros) y mentadas de madre, hice que me apodaran El Tigre, así como el de santa Julia, y como el que vive en el pecho de Eduardo Lizalde.

Digo que gasté mucha pintura, porque más de un año me la pasé pintando cuanta pared hubiera disponible en el pueblo. para lograr mi distinción y mi bautizo hacía mis malandrinadas a plena luz del día, sin cuidarme en lo más mínimo de los demás. Hubo ocasiones que hasta llegaba a tocar los timbres de las casas agredidas y les decía:

—Buenos días, vecino.

—Buenas, güero, qué se le ofrece.

—Nada, sólo vengo a avisarle que un infeliz hijo de mala

madre pintarrajeó su barda. ¡mire nada más cómo la dejó!

Y el vecino o “ina”, en el mejor de los casos, salía despavorido o “ida” al mirar el recado de su pared: “aquí estuvo el Tigre de san Baltazar”. en el momento del encabronamiento, yo mostraba las manos a mis vecinos: mira güey o mira pendeja, yo soy ese hijo de pinche madre que pintó tu barda.

Mi pueblo siempre fue de albañiles, carpinteros y chachas arácnidas. Algo tendrían las tortillas que se consumen en el pueblo, porque por más claves y señales que les daba, nadie quería darse cuenta de quién era el autor de aquellas pintas.

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Todo tiene un límite y todos lo sabemos. Cuando descubrí que había gastado más de la cuenta en pintura y brochas, vino a mí una idea excelente: mandarle un anónimo a doña Linternina en el que se desenmascaraba al hijo de sardo güero como el autor de las pintas que ya estaban causando murmullos en los pasillos del mercado. Doña linternina despachaba latas de chile la morena, jabón zote, huevos o bolillos, acompañados de la nueva noticia: ¿saben quién es El Tigre de San Baltazar? pues el hijo de los güeros, y con lo decentes que se veían. Yo lo había visto con las manos manchadas pero nunca lo pensé…

El pueblo sabía de mi existencia, y sobre todo las changuitas. Bien valieron la pena las mentadas de madre que recibí de los afectados. en el baile de enero, cuando la feria está en el pueblo, los del Campeche show, Mario y sus Chaval’s y el mismísimo sonido la Changa mandaron saludos al Tigre de san Baltazar. Después del guipipipí y del tambó, tambó, tambó (en voz de eco) se oía: saludosudosudos, al Ti- gretigretigre de San Baltazarzarzar.

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Dedos me faltan para contar las changas que me llegaron esa noche. Aproveché mis instantes de fama y bailé con cuanta mujer me guiñaba el ojo. los pies fueron los primeros en resentir las consecuencias del glamour, así que tuve que ir a sentarme a alguna banqueta libre. Saqué un cigarro y pensaba, mientras lo hacía llegó un puñado de hombres a decirme:

—Ah, con que usted es El Tigre de San Baltazar.

Y yo, con el cuerpo hinchado de orgullo, les respondí: —Ey, ese mero que anda y calza.

—Pues bueno, aprovechando su buen momento, venimos

a traerle una propuesta.

—Va y que va, ustedes dirán para qué soy bueno. —pues ya sabe que en semana santa celebramos nuestro carnaval y queremos que usted sea nuestro bailador estelar.

Pero zaramba y camba la cosa. ¿Yo el bailador estrella del carnaval? imaginen eso nada más. Yo, el hijo de don sardo güero, teniendo el mismo honor de don panchito —el primer poblador y abuelo de doña linternina—, el mismo honor del padre Juanito —el evangelizador de la zona—, el mismo honor tendría El Tigre de encabezar el baile de se- mana santa. sin darle mucha vuelta al asunto, acepté. ahora tenía que enfrentar la responsabilidad de la fama.

Llegué a mi casa y le comuniqué a la familia entera sobre mi compromiso próximo:

—¿Qué creen?

—¿Qué?

—Yo seré el próximo bailador estrella del carnaval.

Mis hermanas fruncieron la cara y soltaron un ahhhhhh, como de “¿eso es todo?” mi ma’ se acercó para abrazarme y decirme lo orgullosa que estaba de mí.

—Mañana mismo voy a las Telas parisina a comprarte los mejores retazos y peluches para hacer tu disfraz. vas a ver, mi’jito, ningún ojo de san Baltazar dejará de asombrarse cuando te vean bailando con el traje que desde mañana mismo te comenzaré a hacer. ¿Cuánto costará el metro de peluche amarillo? digo, porque seguro que vas a vestirte de tigre para ese día, ¿verdad?

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La emoción de mi padre se representó con una lágrima y una palmada en mi hombro. Todas las noches me soñaba bailando con mi traje de tigre, moviéndome, disparando salvas al cielo. mi madre dedicaba noches enteras en la confección de mi traje, yo la acompañaba en las veladas mirando documentales de felinos en el Discovery Channel. Aprovechaba, también, como era domingo, para pasarle por instantes al canal 22, en donde salía Eduardo Lizalde comentando el programa de ópera. observaba a los dos tigres desde mi televisión. Eduardo Lizalde es un tigre con corbata.

El día llegó y todo estaba listo: el traje de tigre, mi bastón y el mosquetón de salva que había adaptado mi padre. los viejos huehues pasaron por mí, como es la costumbre, cerca de las once de la mañana. Estos hombres ya no son nada serios, las máscaras de españoles rabiosos, sedientos de con- quista ya no se veían, las máscaras de negritos menos, lo más negro que encontré fueron los ojos de Wini pu, el antifaz de Robin, los guantes del súper portero, los dientes del Capitán Cavernícola e Hijo, por supuesto, pero bueno, uno debe de aceptar que las cosas cambian, la costumbre siempre cambia.


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Salimos y comenzó el baile y las explosiones. La danza consistía en dar de brincos, espantar a la gente que andaba por ahí y esquivar los microbuses y combis que pasaban por la calle.

El Tigre de San Baltazar iba al frente, haciendo gala del peluche amarillo retocado con sombras negras en el lomo. Él encaminaba toda la comitiva, disparando, bailando y, como no podía faltar, degustando líquidos dionisiacos al por mayor. Los autos pasaban, cooperaban con la fiesta rociando con su humo nuestros cuerpos; la gente que iba dentro nos miraba con ojos de sapo, pellizcándose los brazos, intentando creer lo que sus ojos registraban: la pequeña guerra, el gran baile de los nuevos demonios.

El hombre que iba vestido de Wini pu se acercaba hacia mí, intentaba seguir los mismos pasos de baile y disparaba su escopetón muy cerca de mi cuerpo. varias veces lo hizo, era claro que traía algo en mi contra. su último disparo hizo cimbrar toda mi humanidad de tigre.Tigre6

—¿Qué traes, pinche Wini?

Wini no me respondía, me ignoraba y se perdía entre la multitud. ni bien estaba agarrando el ritmo, cuando otra vez estaba junto de mí el canijo oso, y volvía a disparar, y volvía a seguir mis pasos.

Todo tiene un límite, y eso bien lo saben, así que me arranqué a perseguir a Wini pu, primero sigilosamente, pero después, cuando él se dio cuenta de que lo perseguía, apuró el paso. La persecución se convirtió en una corretiza formal.

Y por más que quería perderse entre los callejones anexos a la avenida principal, no pudo. Y lo seguía con rabia y los demás huehues también, como yo era el bailador estrella, ellos tenían la obligación de seguirme hasta la muerte.

Campeche

La corretiza trascendió las fronteras. Wini pu pensó que no iba a tener valor de perseguirlo hasta las grandes avenidas de la ciudad que se estaba tragando nuestro pueblo. Ahí nos veían a todos, corriendo en sentido contrario, toreando los coches del año y autobuses. Ya eran pocos los huehues que me seguían, casi todos aprovecharon el momento de locura del Tigre para hacer un pic-nic en los camellones de las avenidas y descansar con los sobrantes del pulque, entre ellos estaban un integrante del ballet de sólo para mujeres, Robin, Dragon Bol Z y el Capitán Cavernícola.

—Ya párale, pinche Tigre.

Nada de eso, mi mirada está clavada en el culo gordo de Wini pu. Soy un tigre y mis músculos se estiran, mis piernas estallan de velocidad y furia, tal y como lo había visto en el documental del Discovery, cuando los tigres iban atrás de las cebras en medio de la selva pantanosa. estoy corriendo dándole la cara a las parrillas de los autos, Wini pu solamente está a unos metros, está ahí, intentando mover su gordura.

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Sacando esa lengua enorme de cansancio. Los colectivos me esquivan, reconocen mi calidad de tigre. unos metros más y Wini llegará al crucero, ahí tendrá que parar. autos, autos, autos, luz roja, ámbar, verde. lo puedo oler, mis colmillos, mis garras, mi piel. luz verde, Wini pu pasa, luz ámbar: un tigre nunca duda, hay tiempo: sólo el necesario para llegar a la muerte.

—¡Extra! ¡Extra! Tragedia en el carnaval de San Baltazar.

Encabezado de La Voz de Puebla, 15 de abril de 1997: “después de tremenda corretiza, un huehue, apodado El Tigre de San Baltazar es arrollado por la ruta colectiva Santa María las Palmas dejándolo occiso. Otro (Dragon Bol Z), al querer ayu dar a su amigo, fue arrollado por un microbús cortándole las dos piernas. Presentaron demanda ante el ministerio público unos hombres disfrazados de Capitán Cavernícola y Robin”.

 

 

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