Berlioz el fotógrafo

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Lo primero que uno se preguntaba al ver las fotografías de Berlioz era cómo le hacía para captar ese brillo en las miradas de las novias. Mucho tiempo me lo pregunté y en poco tiempo lo averiguaría.

El estudio fotográfico de don Berlioz era el único lugar del pueblo en donde se podía ver a la gente sonreír, desde los clásicos retratos de recién nacidos haciendo caritas, quinceañeras y hasta árboles genealógicos, todos con cierto grado de calidad, pero donde nadie lo superaba era en los retratos de recién casados, perdón, de las novias quise decir.

Sacarse las fotos de bodas con él, al pasar de los años, se había convertido en una superstición entre las nuevas parejas. Con decirles que las madres, organizadoras eternas de estos ritos, antes de pensar en el menú de la fiesta o en los arreglos florales de la iglesia, apartaban lo más pronto posible un lugar con don Berlioz para que le sacara a sus hijas la foto del recuerdo.

—Ve con don Ber, hija, ni se te ocurra ir a otro estudio, ya ves lo que le pasó a la Charito por irse con el otro fotógrafo baratero; hasta con la boca chueca salieron y parece mentira pero mira cómo les fue; no tientes al chamuco, m’ija, y mejor vete con don Ber que su mano hasta la fecha nunca nos ha fallado.

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Y parecía imposible que la cámara de este hombre pudiera tener tanta magia y con tan sólo un clic bendijera y perpetuara la felicidad de los jóvenes casaderos.

Comencé a trabajar con don Ber cuando terminaba el tercer año de secundaria. Todos los días pasaba por su estudio, observaba las fotografías de las abuelitas mirando a la nada, niñas de coletas, familias enteras teniendo de fondo chimeneas y árboles de cartón, pero nada se comparaba con el resplandor de las sonrisas de las novias. Los muchachos por lo regular aparecían con cara de arrepentimiento, como presintiendo el destino de su vida marital, pero ellas todo lo contrario: sus cuerpos se mostraban relajados, airosos, con sonrisas brillantes.

Una de las pocas imperfecciones que pude notar fue que los ojos al momento del disparo, ¡pum!, como que miraban al cielo. A la gente no le incomodaba en nada esa cuestión, es más, llegaron a decir que ése era el toque mágico de don Ber, y que con tal de que les echara la bendición tomándoles la foto bastaba.

El trabajo aumentó y Berlioz tuvo que empezar a contratar nuevo personal. En la caminata hacia mi casa vi el letrero que decía: “Se solicita muchacho sereno y que muestre sensibilidades extras”.

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Nunca entendí ese requisito, pero en ese momento hice acto de presencia con don Ber. Él estaba sentado encima de una mesa y al verme entrar con el anuncio de inmediato se paró, me observó rápidamente y sin que yo le dijera nada coreó la bienvenida:

—Desde hoy es tuyo el puesto, muchacho, de lejos se te ve, y más con ese libro de poesía, que eres un muchachito muy sensible, ven para acá, te voy a enseñar tu oficina.

Y bueno, don Ber ya estaba convencido de mis sensibilidades extras, espero que no se haya dejado llevar por el libro que traía en el brazo, porque en realidad no era un libro de poesía sino el compendio de física que cargaba todos los días con el fin de aprovechar el tiempo, mi examen extraordinario se acercaba.

Seguí al hombre por los cuartos de revelado, baño y archivos hasta llegar a una puerta que nos llevaba al lugar clave del negocio, así lo dijo. Cuando por fin llegamos a lo que iba a ser mi oficina, me advirtió que no era un trabajo complicado, pero que sí era necesaria cierta concentración y, sobre todo, ritmo; según él, ritmo era lo que tanta falta le hacía al mundo.

—Por eso usted ni se preocupe —le dije. No es por nada pero eso es lo que me sobra, hasta la fecha no ha habido mejor bailador en el pueblo que yo, eso se lo aseguro.

Llegamos a mi escritorio, el cual estaba muy limpio y perfectamente ordenado. Al ver el escenario, una voz desde mis cavernas gritó: ¡a huevo! ni mi padre, que en paz descanse, pudo tener una oficina como ésta.

—A ver, muchachito —me dijo Berlioz—, tu trabajo se basa en jalar esta cadenita cada vez que se prenda el foco que está en tu escritorio. A ver jálale. Y bueno, yo le jalaba.

—Otra vez —ordenaba Berlioz—. ¡Eso! muy bien, si hasta parece que naciste para este negocio.

Y yo con mi cara de “osss, abuelito soy tu nieto”, aunque no lo puedo negar: el trabajo era tan simple que hasta llegué a sentir remordimientos por el buen sueldo que me ofreció el viejo, pero bueno, no cualquiera nace con esta estirpe fandanguera.

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Y así me tuvo por varias horas jalando la cadenita del techo, ejercicio clave para el negocio de las fotografías. Después de que ya había dominado el ritmo base, que era según Berlioz el que más se utilizaba, continuó enseñándome los movimientos violentos; el latigazo, la carambola, así como el un, dos, tres probando; todos ellos considerados unas excentricidades pero había que tenerlas preparadas para todas las novias que ya habían conocido mundo; sinceramente, el que más trabajo me costó fue el de afilador de cuchillos, pues este incluía un ritmo lineal y a la vez una serie de círculos al revés y al derecho, nada imposible de lograr, en dos semanas todo estaba bajo control.

El negocio caminaba en regla, los clientes llegaban y si no eran prospectos de matrimonios simplemente los pasaba con sus ayudantes. Berlioz ni siquiera se tomaba la molestia de atenderlos, pero eso sí, cuando una pareja llegaba los invitaba a tomar asiento, les servía una copa de vino blanco y brindaba con ellos por su felicidad. La hembra, con el permiso del novio, pasaba primero al cuarto escenográfico, pero no piensen mal, lo único que hacía mi patrón era hablar con la mujer acerca de sus nuevas responsabilidades de hembra; les decía: a ver, mi niña, párese ahí mero donde está el círculo en el piso, mientras Berlioz estaba en el sermón la señal en el foco me anunciaba el comienzo de mi trabajo. Desde abajo sólo se podían oír risas y jadeos; yo, simplemente movía la cadena con el mayor ritmo posible siguiendo el diagnóstico de mi patrón.

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Los novios, en ningún momento se molestaron de que Berlioz pasara esos instantes con ellas; es más, tanta era la fe que le tenían al clic de don Ber que no faltaba el hombre precavido que dejaba a su prometida veinticuatro horas antes con el santo niño Berlioz, todo con la intención de que llegara bien preparadita para el día de su boda.

Cuando llegaban esos casos al estudio se lograban fotografías realmente increíbles. Tanta fue la fama de don Ber que hasta peregrinaciones le organizaban, sobre todo mujeres con uno o dos fracasos matrimoniales en su historial.

?Pero como todo, después del clímax viene el descenso. Tanta era la clientela que a don Ber le dio por conseguir aparatos que ayudaran a facilitar el trabajo. Para esa época, yo ya estaba acostumbrado a realizar el movimiento de afilador con la mano derecha y con la otra el un, dos, tres probando, pero más no se podía hacer. Fue ahí donde Berlioz decidió utilizar las nuevas tecnologías, ya que se negaba a contratar a más gente pues de esa manera se arriesgaba a que su secreto se develara.

—Mira nada más todo lo que pueden hacer estas máquinas, y pensar que invertí dos semanas para enseñarte todos los ritmos.

Para ese entonces Berlioz ya no era el mismo anciano con “sensibilidades extras”, sino un anciano decrépito y codicioso. El sistema que había adaptado mi jefe era perfecto, el negocio siguió creciendo, los círculos en donde descansaban las novias se habían multiplicado en los corredores, baños, hasta en la entrada de la oficina; las colas de recién casados aumentaban.

Los novios tenían que esperar en las banquetas su turno para tomarse la foto con sus respectivas esposas. Ahora ya no hacían ningún movimiento, todo estaba autorizado y sólo tenía que aplicar los comandos que se requerían. Si don Ber me decía que en el círculo tres se necesitaba una ligera carambola, marcaba las teclas y asunto arreglado, que en el doce se requiere un latigazo, lo mismo. los jadeos y las risas se convirtieron en coros; sin embargo, los movimientos extravagantes comenzaron a caer en desuso. El patrón decía que los movimientos dependían de la intensidad de la mirada, si llegaba una picarona, el que le correspondía era una carambola simple, para las desairadas un latigazo, y para las que irradiaban fuego el un, dos, tres probando era el preciso; según la expresión de la mirada era la prescripción médica; ya saben, en los buenos negocios como en el estudio de Berlioz no se da lo que pide el cliente, sino lo que le haga falta.

Y a pesar de que las parejitas llegaban a puñados, la variedad de los movimientos cayeron en desuso, Berlioz me explicaba que las mujeres suelen cambiar con el tiempo, pero me confesó que nunca había visto algo igual en su carrera de fotógrafo. “Parece, muchacho”, concluyó, “que las buenas chicas se están extinguiendo”. Y al parecer tenía razón, pues en los tres meses que pasaron, el ritmo de afilador jamás se usó, después el un, dos, tres probando hasta quedarnos sólo con el movimiento clásico. Las risas y los jadeos que inundaban el estudio se habían esfumado. El negocio no decaía en sus ganancias pero a falta de naturalezas equilibradas Berlioz cayó en depresión. El vino y el trato personal que daba a las novias habían desaparecido. Después comenzaron los divorcios y la gente rumoraba que don Ber era un farsante, que el rito que había inventado sólo era un pretexto para aprovecharse de las muchachitas. Desde luego no hubo acusaciones formales, pero el trabajo decayó y desde mi oficina sólo se oía de vez en cuando:

 clic,

los que siguen

clic

los que siguen

clic siguen

A pesar de todo me sentía más tranquilo; no comprendía mucho lo que pasaba, así que sólo me atenía a obedecer los pocos comandos que me encargaba Berlioz y abrir de vez en cuando el compendio de física.

 

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