Compadre Lobo

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Siempre he sido un súper lector de la literatura de la Onda. Y desde luego, me di un mega banquete con algunas novelas de Gustavo Sainz (1940-2015): Gazapo (1965), Obsesivos días circulares (1969), La princesa del palacio de hierro (1974)  y sobre todo Compadre Lobo (1978) . Esa lectura resultó significativa por el momento en que la hice. Era un joven estudiante de letras que buscaba entre la literatura y la noche el éxtasis de la vida ¡Y vaya que lo experimenté! No sé el tiempo que tardé en leerla, posiblemente ni siquiera la terminé como muchos libros que presumía haber leído. O quizá sí lo terminé de leer y me apropié de ese joven noctámbulo que intenté replicar. Tampoco recuerdo muy bien si a mis amigos Ultracostumbristas les impactó tanto como a mí o como a Andrés Feria, que siempre que teníamos oportunidad, citábamos frases (no textuales) de la novela que son dignas para ponerlas en letras de oro en el museo del borracho:

“Entonces fuimos a la piquera ¿no? Y llegó y dijo el muy cabrón: un vermuth si me hacen el favor. Y le dijeron sáquese a la chingada, aquí no le servimos a pendejos…Y lo corrieron ¿te imaginas?” (171)

 

“-Era un lugar para políticos de segunda –decía Lobo-, y putas de primera” (168)

 

“Después de dos o tres cartones de cerveza abandonábamos el bien y la razón” (153)

 

“-Quiúbo, pinche padrote de banqueta…” (154)

“No bebemos según lo que somos; más bien somos según aquello que bebemos” (123)

  ¿A poco no son frases que quisieras recitar cuando andamos con tus amigos echando unas cervezas? Claro, eso fue lo que me enganchó durante la primera lectura, que el protagonista era un tremendo borracho que se la pasaba muy bien sin tener el más mínimo conflicto moral por el tipo de aventuras que pasaba en compañía de sus amigos. ¿Por qué?

La segunda lectura, prácticamente veinte años después, fue un encuentro que me propuse, ya que había leído en varios lados que Compadre lobo, se le consideraba como una novela del 68, aunque no tuviera como centro el movimiento estudiantil, si no que lo tomaba de forma tangencial. Para los que no lo sepan, el tema de tesis doctoral que estoy desarrollando desde hace dos años es “La novela mexicana del 68”. Entonces un poco por necesidad y otro por curiosidad, le entré con hambre a la novela del recién fallecido Gustavo Sainz.

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En la medida en que iba avanzando, el único pensamiento que me perseguía era ¡Soy un idiota! ¿Por qué no pude ver más que las borracheras en aquella primera lectura? ¿Por qué no entendí que detrás de toda esa oscuridad que planteó Sainz en su novela, se encontraba la construcción de la vida de un artista, que tuvo que enfrentar su apetito carnal, primitivo, el cual se tuvo que depurar con el paso del tiempo. Desde otra perspectiva, el propio narrador de la novela, es también otro artista, un escritor que va narrando su transformación, la de Lobo y la de muchos jóvenes que participaron en el movimiento del 68.

Al parecer, el principal interés de Sainz fue captar ese momento, el proceso que también se comparte con los demás jóvenes que habitaban las aulas universitarias, evolución que no se dejó ver hasta la página 344, en la parte final de la novela, cuando todos los jóvenes de cierta forma estaban en plena transformación interna y externa.

Mucho se ha dicho que la década del sesenta fue la adolescencia del siglo XX, Lobo fue parte de ella, así como los movimientos estudiantiles y la literatura de la Onda. Hay también quien dice que los 60 fue el último reducto de inteligencia humana. Lobo fue también parte de esa inteligencia y sensibilidad que fue percibiendo a partir del movimiento del 68. Las últimas cinco páginas son dedicadas al movimiento, especialmente a la marcha del silencio:

“No sabíamos que sin esa manifestación silenciosa no habría comunicación de ninguna clase, ni poética, ni pictórica, ni musical, ni política, ni económica, ni generacional, ni amorosa: cesarían el pensamiento y la palabra. El silencio de esa multitud era el momento más alto de nuestra vida espiritual ¿o de nuestro fracaso? En el silencio resonaban los tañidos de todos los remordimientos, pasaban las sombras del mal hecho, llegaban de todas partes las llamadas de lo necesario y no hecho. El silencio era decididamente incómodo e inquietante; pero implicaba una toma de posición agitada y definida” (p.370)

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