El profesor inflado

gordos1Esto no es un juego, Abelardo, le dijo su madre en la oficina de la señora directora. Debes de pensar en la familia del profesor, en los niños que tiene ¿te has puesto a pensar qué va a ser de ellos? Abelardo intentó explicarle a su madre que él no había tenido nada que ver, pero tampoco quiso acusar a las niñas ciegas. Sabía muy bien que ellas eran capaces de escuchar a través de las paredes. Después llegó la policía.

La madre de Abelardo sabía cómo actuar en esos casos. No era la primera vez que su niño atacara de esa forma a un profesor. La madre recitó algunos artículos de la carta magna y después de una infantil discusión, Abelardo y su mamá salieron caminando de la mano hacia su casa. El chico preguntó por la comida y la madre le dijo que había cerdo en sala.

Ese guisado siempre le trae malos recuerdos, sus estancias en el hospital por veinticuatro horas. Después pensó en la escuela y en su regreso al mismo escenario con el profesor de brazos peludos. Borró todo de su memoria y Abelardo le advirtió a su mamá que el cerdo en salsa le hacía daño. La mamá sonrió, aclarándole que el cerdo en salsa roja era lo que le enfermaba, pero que en esta ocasión lo ha hecho en verde. Abelardo se sentó a la mesa. Su mamá le sirvió un vaso de agua de sandía. ¿No crees que todo lo rojo me haga daño? –le preguntó a su mamá. Y la mamá volvió a sonreír, disimulando las ganas de echarle el agua en los ojos. En una hora con cuarenta y cinco minutos Abelardo estaba otra vez en el hospital, con una lavativa. Todo lo rojo le hace daño, es una extraña alergia –le dijo el doctor, por lo menos no serás comunista, ni trabajarás como Santa en navidad –dijo, mientras le apretaba los cachetes rosas.

gordos2Treinta y seis horas después estaba de regreso en la escuela. A pesar de todo, Abelardo amaba las aulas, disfrutaba su estancia de pocos minutos antes de ver reventar al profesor. Ahora lo haría de una forma distinta, lo inflaría de ego. Amado profesor –le decía, es usted un genio querido profesor, tiene usted ojos tan grandes querido profesor, habla tres idiomas profesor, ¿de dónde sabe todo esto profesor? Y entonces las niñas ciegas que siempre se sentaban adelante esperaron el momento, sonriendo como hienas, nerviosas, murmurando: morboso, azul, perfecto, cerdo, dios. Una de las chicas ciegas se acercó para decirle: ¿nunca le habían dicho que siempre soñamos con usted? El profesor con cada una de esas palabras se hacía más y más grande hasta que los botones de la camisa salieron volando y entonces una de las niñas ciegas se puso a gritar. La Señorita Directora llegó para cachar con sus dientes en hígado del profesor.

Lo siento –le dijo la Señorita Directora a la mamá, lo tenemos que dar de baja inmediatamente, no podemos dejar que esto siga pasando. Y entonces la mamá sacó su libro rojo con el escudo del país y entonces le recordó que correr a un niño con esas características además de ser anticonstitucional, era un acto de discriminación. La señora directora mandó a limpiar el aula, sacaron los restos del profesor en una cubeta amarilla.

Abelardo y su mamá se fueron a la casa caminando, sin hablarse, tomados de la mano. La madre sentía el pulso turbio de su hijo, como una manifestación de una jauría furiosa que iba corriendo por sus venas. Tienes que dejar de hacer eso –le dijo su madre con calma, intentando ocultar el miedo que le daba su propio hijo. Abelardo no alzó la cabeza, pero lo único que le contestó fue que tenía mucha hambre.

La madre le dijo que la comida ya estaba preparada, que sólo había que caminar unas cuadras para llegar a la casa, pero prométeme algo –lo encaró su madre, mirándolo a los ojos. Abelardo sonrió, mostrando los ojos a la mamá. No lo puedo dejar de hacer –le contestó.

Se sentaron a la mesa y aunque había algunas elementos rojos, Abelardo cuidó de no comer ninguno, después se puso su pijama roja y también terminó en el hospital por veinticuatro horas más. Por ser la tercera ocasión ya no sintió ningún enojo. Él mismo llamó al taxi y se fue solo al hospital. Al doctor no le provocó ninguna sorpresa verlo, lo saludó con familiaridad y le comentó que lo veía más tarde en la habitación.

  1. Pabellón de enfermedades incomprensibles. Ese era el lugar en donde iba a pasar la noche. Una enfermera le hizo señas para que se fijara en el número de la puerta. En la habitación había cuatro camas, pero sólo una estaba ocupada con el profesor inflado que aún se estaba recuperando, mientras la señora inflada y los niños le lloraban alrededor.

-Buenas tardes –dijo Abelardo. Toda la familia dejó de llorar para contestar el saludo. Se quitó la ropa para quedarse con la bata blanca. Entonces prendió la tele y esperó la llegada del doctor, mientras escuchaba el llanto de la mujer inflada. Tenía ganas de decirle que no debería de llorar tanto, que todo se trataba del destino, que la cosas en este mundo así eran, todos teníamos que asumir el destino. No llore señora, todo saldrá bien, tan bien que en unas horas estaré reventando a su marido otra vez.

gordos3La familia inflada y Abelardo pasaron la tarde viendo películas; el único que no le ponía atención eran el profesor que siempre se la pasó leyendo. El libro no tenía ningún título, pero daba la impresión de ser un libro importante, gordo y con las tapas en rojo. Era claro que el profesor inflado tenía aspiraciones intelectuales, así que eso le dio una idea a Abelardo.

Al lado de su cama había una jaula con palomas que no dejaron de molestar toda la noche, pero cuando Abelardo despertó ni el profesor, ni la familia, ni las palomas estaban presentes en la habitación. Siempre se adelantan –pensó Abelardo, que en ese momento vio entrar a su madre con ojeras de árabe. No le sonrió, sólo le comentó que ya estaban a punto de darle el alta. Abelardo se puso feliz, empezó a recoger las pocas cosas que había llevado.

En unas horas ya estaba entrando a la escuela sin que nadie lo percibiera. Se instaló en su salón aunque faltara media hora para que iniciaran las clases, tenía que colocarse en el mejor lugar. Las cinco niñas ciegas habían llegado y saludaron a Abelardo con gusto, sin preguntarle cuál sería la técnica del día, creo que a pesar de todo preferían la sorpresa. Después llegaron los jugadores de americano, los de ajedrez, las chicas de danza clásica y con eso el salón ya estaba lleno.

Ya se habían pasado cinco minutos y el profesor aún no se presentaba en el salón. Era muy fácil deducir que la tardanza se debía a que alguien había hecho estallar al profesor apenas hace unas horas y aunque la medicina había avanzado de forma sorprendente en los últimos años, no se podían entender que en cuarenta y ocho horas el profesor haya aguantado dos trasplantes de hígados.

Buenos días querido profesor. Le dijo una de las chicas ciegas al percibir su presencia. El profesor comenzó su exposición recitando un poema de Homero. En el tercer verso la mitad del salón estaba durmiendo, sólo las chicas ciegas y Abelardo le ponían atención. Al terminar su recital el profesor comenzó a llorar. Le había conmovido tanto el poema como una canción de José Alfredo Jiménez en época de vacas flacas. Y entonces era momento de llenar las vacas, de alimentar esos siete estómagos hasta reventarlos, pero entones una de las chicas ciegas, a la que además le hacían falta los dedos pulgares, comenzó a gritar para que todos los chicos despertaran. Su timbre fue tan intenso que de forma inmediata todos, sin excepción, despertaron. Entonces la niña intentó recitar otro poema, pero el profesor la interrumpió y la hizo que se sentara en sus piernas. Después sacó de su portafolio de piel, una caja dorada en donde venían unos hilos rojos que fue enredando en los dedos meñiques de la niña, de tal forma que en un par de días esos dedos desaparecieran.

El profesor sonrió y entonces comenzó a dar la clase. Dibujó una vaca en el pizarrón y dijo que era un mapa de la literatura en el mundo. Dio unos nombres que estaban en las ubres, otros que estaban en el ano, y otros que descansaban en las patas junto a la mierda y la mugre, todos los demás están como bichos viviendo en el lomo de la vaca. Otros viven de las muelas alimentándose de la cadaverina que se va quedando entre los dientes, pero también hay los que se quedan a vivir entre los dedos de los pies, otros en las uñas enterradas, en los ojos de pescado, pero no falta el que le gusta los pelos de la nariz, en la vagina curiosamente no hay tantos, casi todos los escritores de este mundo prefieren los malos olores para vivir. El profesor fue explicando cada una de las zonas de la vaca y sus pobladores hasta que de tanto odio comenzó a inflarse.

La señorita directora al escuchar el escándalo fue al salón y como siempre, a la hora de abrir la puerta le cayó en la cara el tercer hígado en la cara.

-¡Estoy harta! –dijo la señorita directora.

El profesor cayó sobre su escritorio recién inflado, apenas desinflado escurriéndose y Abelardo junto a él.

-El profesor inflado por tercera vez en el hospital y yo igual al ver su sangre. Somos destino –dijo Abelardo, ya completamente resignado.

La primera es tragedia, la segunda farsa, la tercera es una costumbre que se repite sin pasar por el terreno de la duda. Toda costumbre es una historia sin sorpresas. Y como si se tratara de un amoroso matrimonio, Abelardo y el profesor estaban acostados, cada quien en su cama de hospital, viendo maratones de películas de adolescentes pervertidos. No cruzaron palabra durante la tarde, hasta que la luz en todo el hospital se fue. De inmediato se comenzaron a escuchar el correr de las enfermeras, las sirenas anunciando que algo no estaba saliendo bien en el hospital. Ahí fue donde Abelardo por fin se dirigió al profesor:

-¿Crees que por fin este sea el final de la costumbre?

El profesor intentó sentarse sobre la cama, pero la mascarilla de oxígeno se lo impidió.

-¿Crees que si se cayera en este momento el hospital te podría dejar de reventar?

La gente corría por los pasillos, preguntaban por los enfermos que no podían caminar, los de la cama 20, 30, 40, y entonces como topos se daban contra las paredes, entre ellos, contra lo que tuvieran enfrente, con tal de sacar a los enfermos antes de que algo pasara en el hospital.

La luz llegó en ese momento junto con el doctor y un grupo de enfermeras que tenían cara de haber contemplado el fin del mundo.

-Los quieren a ustedes –dijo el doctor.

-¿De qué está usted hablando? –le preguntó Abelardo, mientras miraba al profesor para descubrir algún secreto que guardaba en su rostro.

-Los hombres que están allá afuera, dicen que si no salen ustedes dos van a volar todo el hospital.

El profesor se asomó por la ventana y vio a cinco hombres con sotanas negras, obesos, pobremente armados, cubiertos de la cara.

-¿Son terroristas? –preguntó Abelardo al doctor.

-¡Son unos locos de quinta! Lo que quieren es joder a la gente. Imagínate, dicen que tú y el profesor son los males del destino, que si logran matarlos, el destino deja de serlo y entonces ya nada quedará escrito. ¿Puedes creer eso?

Entonces el doctor abrió la puerta de la habitación para que el profesor inflado y Abelardo salieran al encuentro con los hombres de las sotanas. Los enfermos de VIH, los de cáncer, junto con las enfermeras hicieron una valla para despedir a los hombres que se sacrificarían por ellos. La enfermera que los atendía les dio un abrazo y les dijo que no los iba a olvidar nunca.

Salieron del hospital. Los hombres apuntaron hacia el profesor y Abelardo como si fueran a fusilarlos. El chico estaba muerto de miedo, mientras que el profesor se reía, sabiendo que su hígado podía recuperarse otra vez.

Los hombres de negro los hicieron subirse a un auto amarillo, sin amarrarles las manos, los metieron al asiento trasero.

-¿Van cómodos? –les preguntó el chofer mientras les ordenaba taparse los oídos. Vamos a reventar el hospital en este momento.

Abelardo y el profesor obedecieron, pero no hubo forma de evitar que percibieran el estallido.

-Ya pasó. Sencillo ¿no? Ahora les hemos ahorrado a la ciudad mucho dinero y malas compañías.

-Oiga, -le dijo el profesor, ¿no se supone que nos estaban buscando a nosotros?

-Ustedes son importantes, los demás eran basura. No hay razón por la cual preocuparse por la basura.

-¿Y los doctores, las enfermeras?

-No se preocupen, créanme que también les hemos hecho un gran favor.

Los tres hombres se destaparon los rostros. Se trataba de los tres padrecitos que resguardaban la iglesia de San Fray Servando y eran tan parecidos como si los hubieran hecho con el mismo molde, caras de cerdo y cuerpos de huevo en donde apenas les habían alcanzado a dibujar piernas y brazos, con unos cuantos mechones de cabello.

-¡Ustedes son un milagro! ¡Por eso tuvimos que salvarlos de toda esa turba de enfermos!

gordos4El profesor de inmediato pensó en su hígado que se rehacía cada semana después de que su alumno Abelardo lo hacía reventar. Sin embargo, al entender el significado del milagro, claro, que él estaba (o su hígado) en el mismo nivel de “Levántate y anda” o el mismo nacimiento de Jesús, le hizo sentir tan bien que en lo que iba cerrando los ojos, se infló de manera estrepitosa hasta reventar frente a los padrecitos y Abelardo. Fue una explosión seca, sin mucho ánimo, como un mero trámite. Cuando se abrió la primera puerta, uno de los padrecitos salió vestido de rojo para después hincarse frente al auto. El párroco se echó a correr pidiendo perdón a Dios, y el tercero salió con algunos pedazos del hígado del profesor en la boca, intentando parar al padrecito uno que no dejaba de besar ni un instante el rosario que llevaba colgando en el cuello.

Abelardo estaba con la conciencia tranquila, no había hecho nada en esta ocasión para reventar al profesor. Así que decidió sacar el cuerpo y arrastrarlo hasta la banqueta en lo que alguna ambulancia llegaba. Pero antes de la ambulancia llegó la policía. Los gorilones se pusieron muy contentos al descubrir que los terroristas habían sido los padrecitos que los habían bautizado.

-¡Llévense a los padrecitos terroristas! ¡Uno se escapó! ¡El profesor está desinflado! ¿Y ese quién es?

Los gorilas se acercaron hacia Abelardo.

-¿Es él?

-Sí, creo que es él.

-¿Lo metemos con los padrecitos?

-Vamos a esperar la ambulancia.

-Pero ya no hay hospital y la ambulancia estaba adentro.

-Y tampoco hay doctores, ni enfermeras, todos se quedaron en el hospital.

-¿Entonces qué hacemos?

Los gorilas simularon pensar por horas sin que ninguna idea les llegara a la cabeza. Mientras tanto, los padrecitos estaban encerrados en la patrulla y Abelardo estaba sentado en el piso esperando a que el profesor terminara de desinflarse.

-Creo que es la última vez que me inflo.

-No digas eso, ¿te has dado cuenta que aún estás vivo?

-¿Y mi hígado?

-Creo que se lo comió uno de los padres.

-¿Pensó que lo iba a ser inmortal? Pobre, no sabe lo que le espera.

-Tú no puedes morir, eres un milagro, así lo dijeron los padrecitos terroristas, por eso nos sacaron del hospital.

-¿Tenemos una misión especial?

-Sí, pero ¿cuál es nuestra misión especial?

-¿Somos especiales?

-No, para nada, somos un milagro.

-¿Como una especie de fenómenos?

-Nunca lo había pensado, ¿ser un fenómeno es algo negativo, no crees?

-Como los gorilas

Abelardo y el profesor se quedaron platicando por horas, intentando saber cuál era su misión especial. Los gorilas se fueron a un Oxxo por unas cervezas y se la pasaron contando sus anécdotas violentas, de cuando mataron a un grupo de prostitutas después de una redada y cosas de esas. Se pasaron el tiempo suficiente hasta acabar ahogados en alcohol sin ni siquiera voltear a verlos. Después durmieron la mona, minutos después apareció el padrecito terrorista prófugo.

-Tenemos que huir –les dijo en voz baja.

Les hizo señas para que subieran a su auto.

-¿Me ayudas a cargar al profesor?

Entre los dos llevaron el amasijo hacia el asiento trasero del auto.

-¿Estás bien profe?

-Todo bien, me siento a mis anchas.

El padrecito encendió el auto y manejaron toda la noche hacia el monasterio. Ahí los estaban esperando toda la congregación, vestidos con sus mejores sotanas para recibir a los milagros.

Abelardo cuando escuchó la palabra “monasterio” se imaginó un edificio medieval oscuro, con tipos monstruosos resguardándolo, pero cuando el auto se detuvo frente a una casa común y corriente, de dos pisos y con un par de palmeras en la banqueta, la imagen de “monasterio” se disolvió. El padrecito tocó tres veces el claxon y el portón se abrió automáticamente. También el profesor estaba desilusionado por la arquitectura corriente de la casa; pero el malestar les duró poco cuando una chica en minifalda con un letrero colgado del cuello que decía: “prohibido usar frases halagadoras frente a los milagros. Por ejemplo: Es usted muy hermoso. Es usted el milagro más sexy de la comarca etc., etc, etc.” El detalle le hizo sentirse especial, como siempre, pero después se acordó de la posibilidad de reventar una vez más y entonces se concentró para lograr la humildad adecuada.

-Pasen por aquí –les dijo la chica, mientras el padrecito sonreía al verle las nalgas.

-Ella es la hermana María, tiene diecinueve años y está aquí porque cree en Dios y en los milagros. Hoy le pusimos un vestido especial para recibirlos, aunque está un poco triste por la muerte del hermano Jonás y Tobías. Tenían una relación muy cercana, Tobías fue su confesor desde que era niña. ¿Me ayudas a sacar al profesor?

El profesor había quedado sin ningún tipo de consistencia, pero eso les hacía pensar de la efectividad de su perfil milagroso.

-Tenemos todo preparado –dijo el padrecito, me imagino que deben de tener un poco de hambre. Pero antes ayúdame a que el profesor esté un poco más cómodo. Llamó a María y le pidió que trajera el frasco.

-¿Vamos a meter al profesor en un frasco? –le preguntó Abelardo.

-¿Crees que esté incómodo?

-No sé, sería mejor que le preguntaras a él.

-Pensamos que ahí se podría conservar más tiempo, así nos lo sugirió el cocinero.

-Oye, pero no te lo vas a comer ¿o sí?

-No, no, para nada. Sólo pensábamos que sería bueno mantenerlo en conserva, pero está bien, quizá sería bueno dejarlo para otra ocasión. Mejor ya no hay que preguntarle nada.

Tendieron un colchón en el centro de la sala y ahí lo acomodaron. Las hermanas fueron apareciendo y se sentaron alrededor del profesor milagro. Después salieron algunos padrecitos con el mismo color de sotana para también sentarse.

-¿Qué ritual es este? –le preguntó Abelardo al hermano terrorista.

-El de la cena. Aquí todos nos sentamos al centro de nuestro alimento.

-¿En verdad se quieren comer al profesor?

El terrorista sonrió, después llamó al cocinero para que trajera la cena. Dos hombres vestidos de cocineros llegaron con unas charolas repletas de carne, las cuales fueron acomodadas a los extremos del profesor, quien hasta ese momento estaba dormido.

-Pero no lo despiertes, así es mejor. ¿Me ayudas?

El padrecito terrorista y Abelardo sirvieron a cada uno de los asistentes una buena porción de carne, mientras observaban el cuerpo del profesor milagro. Cuando terminaban de servir una primera roda, los primeros reclamaban otra porción hasta que la comida se acabó.

-Estuvo increíble –dijo una de las hermanas.

-¡No puedes decir eso! –le dijo el padrecito terror, pero su llamado tuvo el efecto contrario. La comida las había llenado de placer y valentía. Las demás hermanas no pudieron contener el deseo de pronunciar muy despacio los adjetivos que despertaron al profesor con una sonrisa.

-Esta puede ser la última –advirtió Abelardo.

Pero en lugar de reventarse, el profesor comenzó a elevarse lentamente como un globo aerostático, con una belleza insospechada hasta topar con el techo. Las hermanas estaban excitadas por haber sido testigos del milagro, mientras que los hermanos, se mostraba preocupado por el futuro de su invitado milagroso. Lo primero que le ordenó a las hermanas es que no es que no dejaran de expresar esos adjetivos que tanto le gustaban al profesor. Aunque las hermanas estaban dispuestas de repetir toda la vida las palabras con tal de asegurar la presencia del profesor milagroso, la verdad, es que las mujeres no expresaron ninguna de esas palabras al profesor inflado, con ese físico tan descuidado y reventado, ninguna mujer con cierta sinceridad le podría decir: rico, quiero más, o papi qué buena carne, ¿están de acuerdo? Pero como la carne estaba junto, el profesor creyó que las palabras eran para él y el resultado ustedes lo tienen frente a sus ojos, un profesor de treinta y siete años de edad, sin hígado y milagrosamente esquinado en un techo como globo en día de reyes.

Las mujeres no pararon ni un segundo. Su éxtasis elevaban al profesor que intentaba buscar por dónde ascender. Los hermanos entendieron que el destino del profesor era volar. Dos cocineros subieron a la azotea para hacer un boquete. Las hermanas salieron del monasterio, para ver cómo se elevaba hasta que el sol lo engulló. Abelardo salió por la puerta principal, tenía que llegar a comer con su mamá, hacer tarea y regresar a clases. Era el destino.

 

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