Mis papás hacen películas muy divertidas

Desperté poco antes de las siete. Revisé el celular para ver cómo se había puesto el after. Daba por hecho que la fiesta aún continuaba y que les había dado mucha hueva mantenerme informado. Encendí la tele y después entró mi mamá a mi recámara para preguntarme si quería desayunar. Le dije que sí, que tenía que salir en un rato. Muy raro pero mi mamá no me preguntó nada sobre mi salida. No mostró su tan amoroso tono de madre querida. Está bien, está bien, ya sé que se están preguntando sobre el negocio familiar. Sí, mis papás son productores de películas porno, ahora se le llama “porno de autor”, pero sólo en sus ratos libres, no es que se la pasen todo el día viendo rebotar chichis y nalgas. Desde que me acuerdo hacen películas, por lo menos una al año y en París y en Nueva York son los súper stars; bueno, además son científicos, mi papá es doctor en lingüista aplicada y mi mamá doctora en física aplicada. Sí, ya sé, siempre han sido muy aplicados y que casi no he dicho nada de ellos.
Desayuné muy rápido y tomé mi bicicleta. Obvio mi mamá no me iba a dar ni un peso. Cuando me fui a despedir, ella estaba frente al televisor viendo las noticias. Estaba rígida, viendo cómo recogían un brazo de la carretera, envuelto en una tela blanca. Lo llevaban como si fuera un bebé. Distinguí el auto. El brazo era de Diego. Estaba seguro. La panza se me revolvió. Recordé el rostro de Diego sonriendo. Salí de la casa. Mi madre ni siquiera me escuchó cuando le dije que regresaría después. La imagen del brazo no podía quitármela. Sí, casi igual que la escena final de Los muertos vivientes, un brazo en soledad y con vida propia. Salí en mi bicicleta hacia Valsequillo. Tenía que estar completamente seguro de que era el brazo de Diego.
Llegué en cuarenta y cinco minutos a donde había aparecido el brazo; sin embargo, cuando llegué habían levantado todo. Lo único que quedaría por mucho tiempo es el pequeño círculo de sangre. No tenía crédito en mi celular y solo tenía dos opciones. Ir a la casa de Valsequillo o regresar a mi casa para verle la cara a mis papás.
No había ningún rastro de policías. Siempre han sido muy efectivos para limpiar la mierda. Miré alrededor. Aquí era prácticamente imposible que alguien se pudiera estrellar, pero en el estado en que iba Diego todo era posible.
Solo eran un par de kilómetros los que faltaban para llegar a la cabaña. Imaginé que iba a estar llena de policías o por lo menos el papá de Diego, pero no había nadie y tampoco había restos de la fiesta. Todo estaba perfectamente ordenado. Lo único extraordinario es que la reja estaba abierta de par en par. No sabía si entrar fuera una buena opción. Lo primero que pensé fue regresar. Mi presencia en la cabaña podía complicar las cosas y embarrarme en todo esto.
Estaba a punto de regresar cuando vi a una chica desde lejos con un short de mezclilla, una blusa de tirantes que dejaba ver sus hombros desnudos y unos converse verdes ¿Diana? ¿Qué estás haciendo aquí? Ella también me observó como intentando explicar mi presencia en la cabaña.
Se acercó y me preguntó por los demás. Era evidente que no sabía nada sobre el accidente. Hice que se sentara junto a mí y traté de explicarle con toda delicadeza. Diana guardó silencio, como si estuviera armando todas las escenas en su cabeza.
-¿Pero entonces quién me mandó el mensaje?
-¿De qué hablas?
-Mira –dijo, mientras me enseñaba su teléfono.
Era un mensaje de Diego, diciéndolo que ya estaban esperándola.
-No me especificaron en dónde, pero yo supuse que estaban en su cabaña, por eso vine.
El mensaje tenía media hora que se había mandado. Según las noticias el accidente había sido en la madrugada. Nos quedamos fríos. Intenté tranquilizarla un poco diciéndole que en la mayoría de los casos los policías o los de la cruz roja siempre se quedaban con las cosas de los muertos. Igual y le gustaste a alguno y te jugó una broma.
-Yo no sé qué pienses –me dijo Diana, pero yo no siento que estén muertos. No sé, algo me dicen que están vivos.
No supe qué decirle. Pensaba en el brazo de Diego, arrastrándose por la carretera en busca de su cuerpo.
Diana se había llevado el auto de su padrino. El señor estaba descansando la cruda y ni cuenta se había dado de que su quinceañera le había dado baje con el auto.
-Vamos a ver al papá de Diego –me dijo ella muy decidida.
Trepamos la bicicleta al auto y regresamos a Perla. Condujo muy despacio, como si quisiera encontrarlos en la orilla de la carretera, detrás de los matorrales.
Manejó muy despacio. Íbamos en silencio mientras escuchábamos Pictures of you, claro. Diana tenía esos gustos oscuros que nos encantaban a todos. Los colores y el brillo no iban con ella, siempre prefería el negro y todo lo que hiciera rabiar a sus demás amigas fresas. Los quince años fueron un invento de sus padres, quizá por eso se había sentido tan emocionada cuando vio que nada había salido bien en la fiesta. La veía. Era hermosa con su cabello suelto contra el aire.
-Te imaginas si hubiéramos venido con ellos –me preguntó, mientras bajaba el volumen.
-Siento como si empezara a vivir en este momento. Deberíamos estar muertos, como ellos.
-¿En verdad crees que estén muertos?
-¿Qué otra opción?
Diana sonrió. Siempre lo hacía para mostrar superioridad.
-Yo creo que están más vivos que tú y yo.
-Pero vi el brazo de Diego por televisión.
-Eso no quiere decir que estén muertos ¿y cómo puedes estar seguro que era el brazo de Diego?
Subió el volumen y la velocidad. Seguía Boys don´n cry. Estaba loca y eso me encantaba.
-Nunca has pensado que llevamos una vida demasiado aburrida. Imagínate que nos hubiéramos muerto ¿por lo menos has tenido sexo? ¿te has ido de viaje solo? ¿te has perdido?
La velocidad aumentaba y yo pensaba en las preguntas de Diana. Nada de lo que me había cuestionado lo había intentado hacer.
-¿Y es necesario todo eso? –le respondí
Diana sonrió otra vez.
-Por lo menos el sexo ¿no crees?
En ese momento le llegó otro mensaje a su celular. Me pasó el teléfono para que lo revisara.
-¿Qué dice? –me preguntó emocionada.
-Es del teléfono del Diego.
-¿Qué dice?
-Que regresemos a la cabaña, que nos están esperando.
Diana amarró el auto hasta quedar parado. Ni siquiera me preguntó si quería regresar. Dio vuelta y tomó vuelo hacia la cabaña.
-¿Estás segura?
-Te voy a demostrar quién está muerto
Estacionó su auto y nos quedamos unos segundos en silencio. Llegó otro mensaje en donde nos decía que no tuviéramos miedo, que nos estaban esperando.
-Te dije que no estaban muertos –respondió Diana.
Pensé en el brazo que había salido en la televisión y en la cara de mi madre. Miré el brazo de Diana, miré el mío.
-Vamos –ordenó Diana.
Cuando íba a salir del auto ella me detuvo.
-¿Cómo es posible que tus papás hagan películas porno y aún sigas siendo virgen?
-¿Y tú cómo sabes que soy virgen?
-Digamos que se nota ¿o ya no eres virgen? ¿Probaste a alguna actriz en un casting?
-Sí, de hecho esa es mi función en la empresa familiar.
-¿De verdad?
-¿Cómo crees? Ese negocio no es como lo pintan y mis papás ya no hacen esas películas de mete saca durante una hora. ¿Nunca has visto una película de ellos?
-No, nunca.
-Cuando regresemos a Perla podemos ver una en mi casa.
Diana sonrió.
-¡Claro! Cuando salgamos de todo esto.

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