Me voy a la presentación de El tren, la radio y los niños.

Estoy completamente de acuerdo con Luis Pescetti cuando nos dice:
“La radio es encantadora por sí misma y no por oposición. Y si no, pregúntenles a los taxistas; a los estudiantes de arquitectura haciendo sus maquetas en la madrugada, a los choferes de camiones, a las gentes que viven solas; a los desvelados por insomnio, por amor o por angustia; a los que ordeñan vacas; a los que viajan; a los panaderos; a los perdidos que saben por la radio que los están buscando; a los que hacen guardias en los hospitales; a los veladores”

Tal y como lo cita Rosa María Licea Garibay en su libro que hoy tenemos el placer de presentar.
Claro, la radio es encantadora, pero también los trenes, los museos, los niños, la gente que anda buscando alternativas, los colectivos y las pocas instituciones culturales que nos quedan en el país. Con todo esto, se nota que Rosy se la pasa muy mal en su trabajo. Fuera de broma, eso habla bien de ella y demuestra su inteligencia para llevar una vida laboral placentera y que se refleja en cada uno de los proyectos que desarrolla.
El tren, la radio y los niños es un libro que puede ser visto y utilizado desde varias aristas. Pero lo que hay que subrayar es su carácter reflexivo del texto, es un libro experiencia. No es un reporte, ni una guía en forma de receta de cocina. Se nota que es un libro que fue a la cocina lenta, esperó a que las experiencias fueran llegando y que los teóricos soltaran jugo.
Los cuestionamientos de Rosy sobre la responsabilidad de un museo “vivo”, son una suerte de espejos en donde los lectores nos cuestionamos sobre la lógica que llevamos en nuestros quehaceres educativos y radiofónicos, a nuestros escenarios. Sus preguntas, son nuestras preguntas. Y entonces se asoma la crisis y los cuestionamientos.
Rosy pone en el centro de la discusión conceptos como la democratización del conocimiento y de los espacios culturales. Cambiar de alguna forma el estigma que aún se tiene (cada vez menos, hay que aceptarlo) de elitismo en los museos. Y proponer un espacio que esté conectado con las necesidades e intereses de las personas, con intenciones comunitarias y de enriquecimiento de identidades.
Creo que este libro será de mucha utilidad para las radios culturales, además de su amplia documentación sobre el tema de la radio y algunos proyectos de carácter social en Latinoamérica y México, es una muestra de lo que se puede generar a partir de la necesidad práctica y el conocimiento teórico.
La lectura de El tren, la radio y los niños, resultó ser una grata experiencia, esperanzadora de lo mucho que se puede hacer con recursos limitados.
La clave del museo y de los proyectos que se está llevando a cabo es que siempre lleva por delante el trabajo colaborativo con otras instituciones, con los colectivos y con la gente que de alguna manera está interesada en aportar.
El libro una muestra de la generosidad de Rosy, de su dedicación y paciencia para levantar este proyecto que hoy ya es una historia llena de aciertos y felicidad a los que han tenido el honor de participar.

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