Septiembre, zona de desastre de Fabrizio Mejía Madrid y José Hernández

Tenía siete años y estaba a punto de ponerme mi uniforme de educación física cuando inició el temblor. Mi padre, que estaba recién operado de la columna no tuvo de otra que levantarse. Mi madre y yo no sabíamos si era un milagro o si de plano ya estábamos en otra realidad en donde los milagros estaban permitidos. Las noticias que nos llegaban eran que la ciudad de México había desaparecido.
?Creo que a todos nos queda claro que la ciudad se transformó después del terremoto del 85. A los que nos tocó vivir aquella experiencia, sabemos que el terremoto provocó que se evidenciara lo más oscuro y detestable de la clase política de nuestro país.
?Septiempre, zona de desastre más allá de novela gráfica es un recordatorio, es una oportunidad para las nuevas generaciones para entender el 85 más allá del fenómeno natural; sino su impacto que tuvo en la sociedad civil. Y es que no había de otra. Ante la indiferencia del estado, no había otra opción que la autogestión. La gente se dio cuenta que las instituciones se habían quedado con los brazos cruzados ante la tragedia, se mostraban más interesados en reducir las cifras, en confirmar que el plan del mundial seguía en pie. El estado estaba demostrando su soberbia que era la otra cara de un pánico ante la sociedad organizada de manera espontánea. Otro de los casos que se documentan en la novela es el de las costureras que “…saldrían de los escombros convertidas en un sindicato, con Evangelina Corona a la cabeza, una mujer de Tlaxcala que había llegado a la ciudad de México como sirvienta y que había terminado, sin saber ensartar una aguja, trabajando durante doce horas sobre una máquina overlock” y que sus patrones estaban más interesados en rescatar las máquinas que a las mujeres que trabajaban ahí.
?El 85 removió todas las estructuras, dejando a flote las esencias de cada uno de sus habitantes, la mierda actuó como tal, y la solidaridad se convirtió en luz para muchos de los habitantes de la ciudad de México que dejaron de ser estadística y se convirtieron en seres humanos
La vieja sociedad contemplativa, obediente al Ogro Filantrópico se había quedado en los escombros de la ciudad. Si los capitalinos presumen de su adelanto social en relación con los demás estados de la república, se debe en cierta medida a la fuerza que demostró en septiembre del 85.
?La novela está escrita desde la intimidad, desde las voces anónimas, desde la mirada de un adolescente que simboliza de cierta forma la nueva sociedad chilanga en proceso de maduración. Para el adolescente y para la ciudad de ese entonces la vida se tornaba gris y aburrida: “Mi familia era un desastre, la ciudad un sinsentido”, “La ciudad para mí era un solo trayecto de la escuela a la casa.” Pero después del temblor, la vida en la ciudad toma un sentido extraordinario: “La ciudad, que nunca había sido mía, ya no existía y en ese momento quise recuperarla”.
?Sin duda, Septiembre, Zona de desastre es una acierto más para la editorial y para sus lectores, pero insisto más allá de una novela gráfica es un llamado a la memoria: Pinche gobierno, ni hace, ni deja hacer. Esa quizá sea la gran lección. El temblor hizo que mi padre se levantara después de una terrible operación. La ciudad de México, también.

Epílogo:
Del jueves 19 al domingo 22 el nuevo protagonista son las multitutes forzadas a actuar por su cuenta, la autogestión que suple a una burocracia pasmada o sobrepasada. Una sociedad pospuesta se conforma de golpe en brigadas de voluntarios, casi niños que acarrean piedras con disciplina, los adolescentes que estrenan la ciudadanía, las enfermeras espontáneas, las señoras que preparan comida, los médicos de un lado a otro, los ingenieros con sus brigadas de peritajes. Pero son los jóvenes los que llevan el peso de la acción.

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