Límpida lluvia

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I

Ciencia y los premios. Ciencia y las medallas. Ciencia y Manola en verde brillante durmiendo en la basura. Era como una especie de suit modesta pero con desayuno, comida y cena a todas horas. Una vida perfecta para cualquiera, pero ella no era de esas. Las fortuitas mezclas químicas habían desarrollado en ella un coeficiente intelectual respetable y un tamaño extraordinario.
Ella era consciente y poco a poco se fue orillando hacia un existencialismo díptero, agrio malestar en cada instante hasta que por fin, en un momento de valentía, decidió dar la espalda a ese determinismo social que afecta tanto a otras especies.
Exploró narices de zambos, axilas de europeas, la entrepierna de un gordo carnicero y nada. Todos esos escenarios no le representaban ningún reto, nada que una mosca pudiera soportar.
Llegó la noche y Manola moría de sueño. Lo primero que vio fue un perro muerto y se le antojó echarse dentro de su hocico. Se puso la pijama, rezó unos minutos y después C E N ¡ay! S U ¡ay! R A ¡ay! DO ¡ay!
La masturbación díptera es inenarrable.
Después de haber estado toda la noche en la baba espumosa del perro, abrió sus ojos, frotó sus patas y voló en busca de su destino.
Se estacionó en un charco para tomar nuevas fuerzas. Una ventana abierta con finas cortinas blancas la invitaba. Sabía que aquella era una señal. Voló lentamente hacia la ventana. Hizo la revisión de rutina como una mosca despistada. Todo le pareció tan normal y decente que estuvo a punto de salir decepcionada. Después la invadió el pánico al ver a una mujer recargada de espaldas sobre la pared, con el cabello hacia el frente, cubriéndole el rostro, con las piernas abiertas, sosteniendo con sus manos una manguera de donde salía un enorme chorro de agua en dirección hacia su vagina. La mosca sintió pena, pero después de escuchar el gemir de la mujer satisfecha, la envidió.
La mujer fue hacia la cama, desnuda, fina de pies a cabeza, caminando lento, sin dejar al descubierto su cara, cubierta de la crema preventiva de arrugas.
Manola sufrió un orgasmo multiplicado por su visión octagonal. Aquella mujer era su reflejo en versión humana.
Ella regresó a la cama y Manola aprovechó para estacionarse en la boca sensual de la mujer. A pesar del tamaño de mosca, la fina dama no dio muestra de molestia alguna. Manola estaba descansando en su saliva, tan tibia como la del perro hasta que percibió el olor pútrido de la boca sensual. Manola vomitó y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Restablecida, fue hacia otras partes. Descubrió que entre las piernas había cierto aroma que le recordaba al basurero. Cuando sus delgadas patas se estacionaron en su vagina, una especie de dionaea muscipula hambrienta, la mujer soltó un gemido que hizo volar a los pájaros que descansaban en los cables de toda la calle. La fina dama inició el rito para ir al trabajo.
Limpió la saliva y se aseguró de que nadie la estuviera espiando. Cerró la puerta de su recámara y de una repisa sacó una funda negra, de esas que salvaguardan sables ninjas. La fina dama cerró los ojos en señal de su profunda espiritualidad. Abrió lentamente el cierre y desenfundó una reproducción exacta del genital de Ben Johnson, un mandingo de caucho decorado con terminaciones eléctricas en la punta. Su espiritualidad se convirtió en el rostro del hambre. La mosca presenció el acto y vomitó.
II
La fina dama hizo un poco de yoga y aeróbicos. Leyó los diarios desde su computadora. Frotó sus manos, espantó a la mosca y salió a toda prisa en su convertible. Le urgía llegar a la planta en donde la esperaban pacientes y gustosos los eficientes y fieles “gatos”, quienes tenían por costumbre esperarla afuera de la oficina para iniciar el listado de cumplidos:
-¡Qué buen gusto, el tono de su labial es idéntico al de sus zapatillas!
Sin embargo, esa mañana cuando llegó a la entrada no encontró a nadie. Sólo la acompañaba el zumbido de una mosca. En ese momento se llevó las manos al estómago como si un par de gatos zombis pelearan en su estómago.
Dio unos pasos explorando el pasillo. Sus tacones sonaban como cinceles ante el silencio del lugar. Pensaba lo de siempre: ¡Muertos de hambre! ¡Así siempre han sido los jodidos, muerden la mano de quien les da de comer!
Caminó lento hasta llegar a su oficina. Buscó las llaves, penetró la cerradura y en el momento de abrirla ahí estaban todos sus ¿colaboradores? con sus gorritos de fiesta echando confeti, soltando una porra a su líder absoluta en ventas, la punta de la pirámide de la mejor planta de insecticida. Manola observaba nerviosa.
La dama se quedó fría, pensando en lo miserable que era al tratar así a sus gatos. Los miraba, recordando las veces que había humillado a cada uno. Se conmovió. Pensó en la imagen prohibida, la que su psicoanalista le recomendó curar. Su madre formada en un mitin político echando porras, esperando a que le dieran una despensa.
Estuvo a punto de soltar una lágrima cuando apareció un señor menudo, moreno y con el aspecto de nunca haber quebrado un plato, prácticamente un ángel, uno de los colaboradores más antiguos de la empresa. Ella siempre lo ponía de ejemplo por estar ganando el mismo sueldo desde hace diez años: ¡Eso sí es amor a la empresa! ¡Eso es ponerse la camiseta! El señor sonreía mientras escondía con mucha pena sus manos tras él.
En el momento de decirle ¡Feliz cumpleaños! El señor alzó en lo alto un bat de aluminio que dejó caer sobre el rostro de la fina dama con toda su fuerza, una y otra vez, con toda la rabia que había acumulado a lo largo de esos diez años. La sangre salpicó los rostros de los invitados, el pastel y los refrescos. Todos se quedaron mudos y la fina dama, apenas consciente intentaba señalar al hombre, acusándolo.
El golpe había logrado abrir el cráneo fino de la dama fina. Nadie la defendió. El señor continuó con el bat hasta dejar la carne molida. Y nadie se movió. Algunos movían las manos para espantar una mosca. Lucía la secretaria saltó el amasijo de carne para servirse un poco de refresco. El señor respiró profundamente, intentando reponerse, como si hubiera talado un enorme árbol. Alguien le dio unas servilletas para que limpiara el sudor y la sangre que había en su cara. Manola no entendía lo que estaba sucediendo.
Continuaron sirviendo el pastel, refrescos, todo alrededor de la plasta de carne.
—¿Y ahora? —preguntó uno de los colaboradores.
— ¿Qué es lo que se hace con los deshechos?

III
El señor fue por una pala. Su papá había sido muertero y le había enseñado cómo separar los huesos de la carne. Con el puro filo de la pala comenzó a desprender las partes del cuerpo; sin aplicar mucho esfuerzo, mientras le platicaba a sus compañeros las travesuras de su hijo menor en la primaria.
Los recolectores de basura no quisieron llevarse la bolsa en donde estaba la carne y los huesos de la fina dama. Argumentaron que no podían recoger escombro, refrigeradores y cuerpos.
Los únicos que se acercaron fueron los perros y las moscas, entre ellas Manola. Los primeros batallaron para destruir las bolsas, pero al final cuando olieron el tipo de carne, terminaron huyendo.
Las señoras que vivían por ahí, en donde habían dejado el promontorio, estaban desesperadas. Se habían comunicado al departamento de basura y nada, después a la policía; pero al ver el tamaño de la porquería ni siquiera hicieron el intento de bajarse de la patrulla. Una de las señoras, muy desesperada habló con el sacerdote de la colonia, otra con el diputado, después el senador, jefe de tribu, bombero, antirrábico y hasta con el carnicero, pero nada.
IV
¿Y si nadie acude al llamado? Por lo regular siempre está Dios. Una de las vecinas dejó caer su cuerpo sobre las rodillas y mirando al cielo gritó: ¡Dios mío! ¿Por qué nadie viene a socorrerme? Una fina luz alumbró la humanidad de la señora. Manola se persignó. La vecina lloraba muy emocionada, comenzó a pedir disculpas al Señor por su falta de fe. La luz dudó en quedarse ahí pero finalmente se hizo más intensa hasta obligarla a cerrar los ojos. Se sintió un intenso calor y después una voz misteriosa le dijo que abriera los ojos para ver lo que el Señor le había dejado para remediar todos sus males.
La señora no comprendió mucho. ¿Qué podía hacer un oso hormiguero para remediar su mal? Sí, Dios le había dejado un oso hormiguero enorme y con actitud de esos perros que con hambre se comen hasta los huesos. Por cierto, su nombre era Pedro y no perdió mucho tiempo. Fue hacia el promontorio y comenzó a tragar. La señora no podía creerlo ¡Dios existe! Manola pensaba: con que ese es Dios…
En menos de media hora Pedro, el oso hormiguero ya había acabado. Comió como pelón de hospicio. La señora estaba feliz, prendió una vela y se puso a rezar una novena en agradecimiento. Después cantó: Perdona a tu pueblo señor, perdona a tu pueblo señor, perdónalo, perdónalo señor. Pedro movía la trompa siguiendo el ritmo de la canción hasta que algo se revolvía en su estómago. Pedro con mucho esfuerzo zurró. Manola fue hacia la mierda, aspiró la esencia de la fina dama y vomitó.
La mosca emprendió el vuelo, empezaba a extrañar el olor del basurero. Después se hizo presente la lluvia. La vecina adoptó a Pedro. Era feliz con el regalo de Dios; en un momento de crisis quiso venderlo a un circo, con eso de que era tan bailarín, pero después se arrepintió, sabía que con Dios no se puede jugar.

 

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