Cuento de la semana: El rostro, el hombre rojo y una espera de Martín Corona

Durante muchas tardes Caritina mostró su rostro joven por la ventana.

No era su intención mirar, ni dejar pasar el tiempo…

Desde pequeña, su abuela le había dicho que si mostraba siempre su rostro limpio seguro algún día pasaría algo maravilloso.

Por más de cinco años, a su regreso de limpiar una escuela y varias casas, entraba al pequeño cuarto que rentaba desde muchos años antes, abría la ventana que daba a la calle y sacaba el rostro.

La gente la saludaba.

Por la noche, cuando Caritina sentía el frío del sereno golpear sus mejillas, metía la cara y cerraba la ventana.

Entonces prendía el radio, la misma música que ponía su abuela en su viejo aparato de am.

De cena siempre tenía restos de comida que le regalaban.

Y entonces se acostaba a dormir.

Nunca soñaba.

 

La tarde posterior al primer aguacero del año, Caritina sintió cómo un viento frío le golpeaba la cara, sin embargo, siguió ahí: mirando, en su búsqueda y espera.

La calle estaba desierta, era domingo y las altas montañas y volcanes que rodeaban la pequeña ciudad donde vivía mostraban montones de nieve hasta en sus faldas.

Algunos coches pasaban rápido y Caritina no alcanzaba a mirar a la gente.

Afuera sólo estaban la calle, la basura, el viento helado y… un gran hombre rojo que caminaba dando brincos.

Gordo como un cerdo, con largos pelos azules y ensortijados, casi desnudo pese al frío; el hombre rojo canturreaba una tonada que salía, junto con dos largos colmillos, de su boca.

El Hombre Rojo miró de frente el rostro de Caritina.

Caritina, impávida, sabía lo que estaba ocurriendo.

Ahhhh shúúúúúúúÚÚÚ

Estornudaron a la vez.

Salud.

Dijeron a la vez.

Jejeje

Sonrieron, de nuevo, al mismo tiempo.

No tengo mucha comida, pero si gusta le puedo ofrecer un café. Dijo Caritina y el Hombre Rojo, callado, entró al pequeño cuarto.

El espacio donde vivía Caritina era pequeñísimo, tanto que el visitante apenas cabía. Su piel roja exhalaba mucho frío, tanto que salía vapor de la respiración de Caritina.

Me llamo Rojo y estoy perdido.

Yo soy Caritina y me gusta tener el rostro limpio.

Rojo sonrió contento.

Caritina se acercó a rojo y con una caricia alisó los rizos azulados.

Rojo bebió el café de un sorbo, luego gritooooooooooooooooooooooo y aullooooooooo, porque le había quemado lo caliente de la bebida.

Caritina no sabía qué hacer con los gemidos de rojo.

Se le ocurrió poner el radio para que los vecinos no escucharan los quejidos.

Amor perdido, si como dices es cierto que vives dichoso sin mí.

Vive dichoso, que por mi parte nunca fuiste mío ni yo para ti…

A Rojo le gustaba la música, comenzó a bailotear y de su cabeza salieron dos enormes cuernos de toro.

Caritina supo quién era.

Rojo sonreía y danzaba feliz por todo el cuarto. Primero tiró la mesa, rompió los trastes, luego los adornos y la lámpara de la mesilla junto a la cama; finalmente, cuando más feliz e incontenible estaba: tiró el viejo radio que le había heredado la abuela.

Caritina comenzó a gemir; luego, poco a poco, fue dejando escapar pequeños suspiros hasta no poder más y reventar en llanto.

Rojo no sabía dónde meterse.

Trató de esconderse bajo la cama… y también la rompió.

Quiso escabullirse por el agujero de la regadera… pero rompió el piso del baño y varios tubos comenzaron a regar agua helada por todo el cuarto.

Caritina no paraba de llorar.

Estaba mucho más que triste.

Todo lo que tenía en el mundo estaba en ese cuarto y Rojo lo había hecho papilla.

Mientras lloraba, Caritina comenzó a enojarse muchísimo, como nunca le había ocurrido. Pero ella era pequeñita, sencilla. Sabía que aunque se molestara en exceso el cuento debía tener un final, ella era y había sido un personaje a la espera de algo, cuyo único propósito era llegar a ese momento que jamás imaginó así, monstruoso. Entonces supo que no podía culpar a nadie de ello, así que prefirió detener un poco el llanto, voltear a mirar a Rojo y comenzar a rezar.

Rojo ni se inmutó.

Caritina gritaba vade retro, mientras trataba de recordar el número de aves marías que había rezado para completar su rosario.

A Rojo comenzó a ocurrirle lo contrario de lo que Caritina esperaba.

En la mente de Caritina estaba presente que Rojo era lo que había esperado, su destino.

Así que Rojo, quien no sabía de destinos, ni tampoco de personajes ni nada por el estilo, asió a Caritina de las escurridas caderas, de un tirón le arrancó los calzones y deleitado en las lágrimas de Cari comenzó a toquetear su entrepierna.

La erección de Rojo era descomunal.

Caritina paró de llorar.

Rojo supo que podía darle mucho más de lo que había destruido.

El día siguiente Caritina amaneció en el hospital.

Estuvo meses convaleciente.

Primero por la golpiza que le propinaron sus agresores. Segundo por una fuerte bronconeumonía y, tercero, porque debido a la fortísima violación que había sufrido: quedó embarazada.

El rostro que día a día aparece enmarcado en la ventana es avejentado y triste.

Caritina ya no espera más.

Su mirada, igual que la abuela, es sólo el vigía de que todo vaya bien con el niño Rojito que juguetea en la calle todas las tardes, antes de escuchar el am del radio y dormir sin soñar.

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