Me hice güey, pero al final sembré un árbol

Hace unos días recibí una llamada del compañero Abascal para invitarme al parque Rafaela Padilla a sembrar un arbolito como siempre dije que sí, aunque no sabía si en realidad iba a ir al evento: ” es un evento para la comunidad artística de Puebla, estará interesante, el arbolito va a llevar su nombre, pero tienes que cuidarlo”. Y llegó el día, y aunque amanecí un poco “malo”, me levanté con ganas de sembrar ese árbol de una vez por todas. Ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo pero tenía muchos años “pensando” “planeando” (haciéndome pendejo (bájale, no seas así)) la sembrada. Trepé a mi hija Indirita y a Mayra y nos fuimos al parque Rafaela Padilla. Toda esa zona ha cambiado mucho, nada que ver con los años en que iba con mi amigo Everardo a echarnos en el tobogán con patineta o un pedazo de cartón. Muy buenos esos años, habría que preguntarle a mis rodillas.
Tengo que confesar que había mucha gente aunque sólo conocía a uno cuantos. Los saludé y me dieron el tío para que me formara por mi pulsera. Dejé mis datos y me dieron una pulsera blanca. Inició el tour. Algunos representantes de las distintas disciplinas sembraron unos rosales. Ya saben, aplausos y toda la cosa hasta que llegamos a la zona en donde estaban nuestros arbolitos. Me dieron dos: 72 y 73. El 72 lo regalé y el 73 lo sembré junto con mi hija. El momento fue increíble. No sé si los demás lo sintieron, pero al sentir la tierra, mirar las pequeñas manos de mi hija, supe que era una de las primeras actividades que hacía junto con mi hija. Me sentí bien, la cruda se me borro, sonreí. Después de todo no soy tan malo, ya tengo un libro, una hija hermosa y hoy sembré un árbol.

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