Una tarea peligrosa (El telegrama de I. Zaragoza)

tarea

Carlitos es como cualquier niño de su edad: jodón y burlón hasta decir basta, inquieto y súper preguntón. En su casa, en la escuela, en los talleres que le obligaba a cursar su mamá, sus compañeros siempre le gritaban: ¡Ya, Carlitos! ¿Por qué no te callas? Sobre todo, sus maestros ya estaban hasta el copete de las preguntas de nuestro amigo. Y el que más harto estaba era desde luego, el maestro de historia. No había clase en donde no se apareciera la manita de Carlitos pidiendo la palabra. Y aunque el profesor hacía todo lo posible por ignorarlo, siempre terminaba tomando la palabra. Y para colmo, siempre llevándole la contraria al profesor.

Carlitos estaba especialmente entusiasmado por participar ya que el profe estaba hablando sobre la intervención francesa en 1862, en donde los mexicanos habían derrotado al ejército más poderoso del mundo. Después de todo el choro del profesor, por fin Carlitos pudo hacer la pregunta:

-¡Profe! Si es verdad todo esto que dice, que los franceses eran el mejor ejército ¿Cómo fue que perdieron? A mí se me hace que toda su historia es como la de los niños héroes, que ni eran niños y menos héroes.

-¡Cómo puedes decir eso, Carlitos!

-Pues simplemente no le creo. ¿Si eran tan buenos, por qué no regresaron a darles a los mexicanos? Es lo que cualquiera haría, ¿no?

El profesor trataba de controlar su enojo, pero el color que estaban tomando sus orejas, hacía que todos los alumnos fueran testigos del quiebre del profesor.

-¡Muy bien Carlitos! Creo que el tema te apasiona. ¿Qué te parece si mandas a llamar a tu mamá para mañana y además preparas el tema muy bien para que lo expongas frente a tus compañeros mañana. Seguramente investigarás a detalle los pormenores de la batalla.

-¡Ya vas! -le contestó Carlitos

-¿Qué dijiste? -lo cuestionó el profesor

-Con gusto, profe, será un placer; pero con una condición.

-Tú no estás aquí para poner condiciones.

-Bueno, bueno, véalo como una propuesta.

-¿Qué es lo que quieres?

-Tampoco me hable así. Estamos en una escuela, profe, se entiende que somos civilizados.

-Pues a veces lo dudo; sobre todo cuando me topo con personas como usted.

-Lo único que pido es que me deje hablar y no me interrumpa.

-Trato hecho -dijo el profesor.

Carlitos estaba feliz. Sabía que su momento había llegado. Cuando regresó de la escuela, lo primero que hizo fue lavarse las manos. Cosa que dejó con el ojo cuadrado a sus papás.

-¿Tu hijo se siente bien? -preguntó él.

Llegó a la mesa y le plantó sus respectivos besos a los jefes. Mamá sirvió la comida y Carlitos como una aspiradora hizo que su porción desapareciera en segundos.

-¿Y ese milagro que tienes hambre? Oye, hasta te comiste los chayotes -le dijo la mamá a punto de experimentar un shock nervioso.

-Mamá, estoy en pleno crecimiento. ¡Tengo mucha tarea y tengo que lavar la ropa!

-No te preocupes. En la mañana tuve un poco de tiempo y lavé todo…

-¿Qué? Pero yo tenía que lavarla. En eso habíamos quedado.

-¿Estás bien, Carlitos? ¿Te estás enojando porque no vas a lavar la ropa? ¡Dios mío! Este mundo cada día está peor.

Así que no tuvo de otra. Con todo el dolor del mundo tomó el plato de lentejas y se lo echó en el uniforme de la escuela. Ya se habrán de imaginar la cara que puso su madre.

-¡Carlitos!

-¡Perdón mamacita! -gritó Carlitos con tono de Clavillazo, que molestaba de especial manera a su mamá.

Corrió a cambiarse y fue corriendo al patio en donde estaba la vieja lavadora cha-ca-cha-ca que había sido desplazada por una modernísima que hasta planchada sacaba la ropa. Puso todos los menjurjes y el uniforme. El viaje comenzaba, precisamente, con el cha-ca-cha-ca hipnótico. La sensación era una especie de viaje chamánico que de pronto lo ubicó en el espacio cero, un abismo en donde Carlitos flotaba sin dirección alguna. Ahí, él ordenaba a partir de la imagen que podía imaginar. Ese era un ejercicio difícil, no podía sostener una imagen por más de tres segundos, sabía que la memoria funcionaba de esa manera. Así que decidió recordar la escena de la película del 5 de mayo en donde actuó Pedrito Infante, tocando una corneta llamando a los compatriotas para defender al país. Con eso fue suficiente. Cuando abrió los ojos, Carlitos estaba sentado frente a la catedral de Puebla. No tenía muy en claro si era precisamente el 5 de mayo de 1862, pero Carlitos estaba impactado con la imagen de su ciudad. Se percibía un contraste increíble. Unos tenían cara de estar viviendo el peor día de sus vidas. No creo que se pueda tener otra cara cuando sabes que está a punto de atacarte el mejor ejército de la época, pero también había mucha gente que estaba en completo frenesí, esperando a los franceses hasta con alfombra roja, bueno, no es para tanto, pero era un hecho de que estaban súper contentos por su llegada. Ya saben que así fue Puebla por mucho tiempo. La fama no es de a gratis.

Sacó su libreta para hacer notas de todo lo que veía. Y ahí fue, justo en el atrio de la catedral, en medio del bullicio de toda la gente, donde vio por primera vez el cuerpo chiquito de un muchacho que estaba acostado boca abajo sin importarle el qué dirán poblano y mucho menos los pisotones de la muchedumbre. Pero al parecer a la gente tampoco le importaba mucho.

Carlitos sabía que se trataba de un chamaco haciendo berrinche monumental. Se acercó y le tocó la espalda con el zapato para tratar de llamarlo, pero nada. Así que me hincó para levantar su cabeza; la sorpresa fue que no se trataba de un chico sino de un señor con sus arrugas bien puestas. Le soltó un manotazo, suplicando que lo dejaran dormir. Carlitos le dejó caer la cabeza al piso, detalle que le enojó bárbaro, tanto, que se paró de inmediato para corretearlo por todo el atrio hasta que lo atrapó.

-¿Qué te trae por aquí? -le preguntó el enano.

Con esa pregunta dio por hecho que sabía muy bien que Carlitos no era de la época, y que andaba en busca de algo.

-Quiero ir a la batalla -le dije en el tono más serio de mi repertorio.

-¿Sabes lo que me estás pidiendo? -me preguntó.

-¡Sí, claro, para eso estoy aquí!

El enano me soltó y bajó la mirada.

-Parece que está lejos, pero no es para tanto; son solo unos kilómetros.

Y entonces caminaron, cruzando todo el centro y los barrios. Todo estaba en bullicio nervioso. La gente andaba nerviosa. Puebla estaba preparándose para  la batalla.

-¿Y tú de dónde vienes? ¿Cómo fue que me identificaste? -le pregunté.

-Es una historia muy larga y aburrida. Pero debes de tomar en cuenta que las formas del vestir cambian constantemente -me dijo, con su cara de extrañeza.

Y era cierto, su playera negra y estampada con el Benito Bodoque eran motivos suficientes para pensar que Carlitos era un extraterrestre.

Fueron horas de caminata hasta llegar al cerro de Loreto en donde ya estaba preparado el ejército de Zaragoza junto con el batallón de Zacapoaxtlas; ahí también estaba ni más ni menos que Don Porfirio Díaz. Pasaron gracias al enano que sabía todos los vericuetos del cerro, hasta lograrse colar hasta la capilla en donde estaban todos los generales reunidos para afinar los últimos detalles. ¡Cómo le hubiera gustado haberles dicho que no se preocuparan tanto! Que a pesar de que se sabía que los franchutes eran los mejores soldados de la época en esta ocasión les tocaría bailar con la más fea. Pero cuando intentaron entrar a la sala en donde estaban reunidos, una enorme mano se posó en el hombro de Carlitos. Cuando intenté buscar al enano para pedirle ayuda, el enano simplemente había desaparecido.

Cuando se dio cuenta estaba frente a Zaragoza. El pobre hombre estaba pálido y súper nervioso. En verdad que estuve a punto de decirle que se relajara, que todo iba a salir muy bien, pero en ese momento entró Don Porfirio, y lo peor de todo es que Carlitos pronunció “Don Porfirio” en voz alta.

-¿A quién le hablas así?

-Pues usted es Don Porfirio.

-Nada de eso chamaco caguengue. Para su conocimiento yo soy el general Porfirio Díaz.

-¿Y de dónde vienes? ?me preguntó Zaragoza.

-De Puebla ?le respondí, mientras los generales me lanzaban miradas inquisidoras.

-Seguro es un espía de los conservadores. Tú sabes que lo que más odio en el mundo son esos mochilones conservadores. Los huelo desde lejos -me dijo el general Díaz, aventándole la indirecta a Carlitos como si él tuviera algo que ver.

Así que le sostuvo la mirada y le contestó a bocajarro.

-Tenga usted mucho cuidado, Don Porfirio, con lo que más odia porque uno acaba convirtiéndose en algo peor.

Y para qué. Como chile piquín en herida. Díaz estuvo a punto de surtir a cachetadas al pobre Carlitos pero Zaragoza lo detuvo.

-Este no es el momento para estas cosas, Porfirio. Los franceses se están acercando.

-Cuando acabe con estos franchutes vengo por ti.

Los dos generales salieron de la capilla y lo dejaron encerrado. Esperó unos minutos y después Carlitos comenzó a buscar al enano, pero no estaba por ninguna parte. Allá afuera, todos se estaban preparando para la gran batalla.

No sé cuánto tiempo pasó, pero el ruido de las balas y cañones era impresionante. Las balas de los cañones caían muy cerca haciendo que las paredes retumbaran. Desde una de las grietas se podía observar parte de  los movimientos. Carlitos estaba convencido que la guerra en cualquier época es la expresión más baja del ser humano. Veía cómo caían franchutes y mexicanos, mexicanos y franchutes por horas hasta que después de mucho tiempo llegó el silencio. Carlitos se había quedado con las ganas de entrarle a los catorrazos como en la película del 5 de mayo en donde los soldados se levantaban cual zombis para seguir en la batalla.

Y ahora que tenía la oportunidad, estaba encerrado sin poder hacer nada. Y las horas pasaron hasta que la puerta se abrió. Era Zaragoza que no tenía, precisamente, la cara de un general triunfador.

-¿Qué pasó?, ¿Ya le mandaste el telegrama a Juárez?

-¿De qué hablas?

-Sí, el de “las armas nacionales se han cubierto de gloria…”

-No te entiendo. Esto es sólo el principio del fin y Juárez tiene que estar enterado. La victoria de hoy nos va a costar mucha sangre mañana. Estos no se quedarán con las manos cruzadas. Vendrá otro general, otro ejército y nos harán polvo.

-Mire general, usted dirá que estoy loco, pero yo vengo del futuro, cada vez que lavo la ropa en la lavadora chaca-chacha viajo en el tiempo todo por la culpa del profe de historia que me castigó. Mañana tengo que exponer a detalle todo lo relacionado al 5 de mayo. ¿Usted me podría ayudar?

Ya ni les cuento la cara que puso el general. ¿Tendría tiempo el general para ayudar a un chamaco en su tarea? Pues no, eso era evidente. ¿Pero un chamaco del futuro puede ayudar al general a cumplir con la historia? Eso parece más sencillo. Y entonces le insistí y le insistí. Llegó Díaz y a pesar de que nos habíamos caído muy mal entre los dos lo convencimos de que le mandara el telegrama a Juárez.

Regresamos al centro de Puebla. La ciudad estaba devastada y la gente muy triste. Unos por haber visto destruidos los sueños de afrancesarse y los demás por presentir una larga venganza por parte de los franchutes.

Llegamos a la casa de las diligencias y Zaragoza fue directo a la oficina de donde estaba el único telégrafo. El mensaje ya no fue el mismo, sino que el general dejó la advertencia a Juárez: “Señor Presidente, las armas nacionales se han cubierto de gloria, pero la guerra con los franchutes apenas iniciará. Dentro de unos meses Puebla será devastada”.

Carlitos se sintió satisfecho. La historia iba a quedar mucho mejor. En ese momento se apareció el enano y comprendí que era hora de regresar. Al parecer yo era el único que podía ver al enano. Así que me dirigí con todo respeto al general:

-General, gracias por ayudarme a hacer mi tarea; espero que el odioso profesor de historia se quede contento con todo lo que le voy a contar.

-¿Ya te vas? Pero ni siquiera sé tu nombre.

-Carlitos. ¿Oiga General y me puedes dejar algo para que me crean?

-Claro, si quieres puedes llevarte al Porfi.

-No, gracias, ni Dios lo quiera. Pero qué le parece si me regala el borrador de tu telegrama.

-Es tuyo.

En ese momento el enano lo tomó de la mano y se internaron en el punto cero. Desde ahí estuvo solo hasta llegar a donde estaba la lavadora.

Al otro día Carlitos fue con su mamá y hablaron con el profesor de historia. Carlitos le ofreció una disculpa pero le dejó en claro que había preparado muy bien su tema:

-Profe, mire lo que conseguí para mi exposición -le dijo Carlitos mientras le enseñaba el documento.

-¿De dónde sacaste eso? ?le preguntó. Esto es un documento histórico, ¿De dónde lo robaste?

-¿Ya lo leyó? Espero que con esto compruebe que investigué a fondo.

Y profesor no dijo nada. Meneó la cabeza y sonrió.

-¡Eres un diablo, Carlitos!

1 Comment

  • Manuel
    Posted February 20, 2012 1:04 pm 0Likes

    Bien dice el dicho
    “La historia la escriben los… ¿niños?”

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