Congreso de sirenas

sirenas

Llegaron todas las representantes de los océanos oficiales muy elegantes y con aires de mujeres doctas. Los temas que se discutirán son tantos que el programa se extendía como bandoleón de argentino triste. Cada año era lo mismo: contaminación de los mares, nostalgia por los piratas, clínicas de canto. Lo de siempre. Las cultas sirenas lo único que esperaban era ver a las viejas amigas y pasar un par de noches en parranda.

Lo único extraordinario fue la presencia de un sirenólogo que bajo su propia responsabilidad había insistido en dar una conferencia sobre la especie. La mayoría no lo tomó en serio. ¿Qué podían escuchar que no hubieran vivido? Decían con la soberbia de siempre. Sólo unas cuantas despistadas y voyeristas asistieron, entre ellas Renata, una sirena del ártico que viajaba siempre sola y jamás se mezclaba con las jacarandosas del pacífico y atlántico.

El Dr. se presentó con un traje combinado y corbata al tono. La presentadora, después de leer su extenso y exquisito curriculum fue recibido con unos cuantos aplausos. Lo que más sorprendió a las asistentes fue su participación en un documental sobre la captura de una supuesta sirena para una cadena norteamericana y su visible pasión por la literatura. La presentadora le dio la palabra, no sin antes hacer una inspección detallada a su fino traje.

El tema era lo de menos. Renata no puso atención a las palabras que iba pronunciando el Dr., sólo escuchaba el latido de su corazón cuando él la miraba fijamente, sin temor alguno hasta hipnotizarla.

Cuando la conferencia terminó, el Dr. y Renata se buscaron como desesperados. De inmediato él comentó muy quedo, rozando su lóbulo: “Vámonos al mar porque en la tierra no hay justicia”. Ella sonrió, lo tomó de la mano y salieron de la sala.

Fueron a cenar al restaurante más lujoso y ambos no paraban de citar fragmentos de memoria, autores, ediciones extrañas. Sus gustos eran idénticos. Pero al pasar las horas los silencios empezaron a hacerse más frecuentes.

-Ya es hora de irnos -dijo ella, mientras se limpiaba la boca, dejando marcado en la servilleta el carmín de sus labios.

Él pidió la cuenta y saco un par de billetes de su cartera.

Caminaron hacia la playa. La cargo antes de tocar el agua. Ella le dio un beso y le aflojó la corbata.

-¿Has leído el dinosaurio de Monterroso? -le preguntó ella

-Algunos fragmentos -le contestó el doctor bromeando.

-Cuando despertemos, aún estaremos aquí, tú y yo juntos -dijo ella mientras sentía los labios tibios de su amante.

Una mano húmeda toco su hombro con la intención de despertarla. Cuando ella abrió los ojo supo que todo se había tratado de un sueño. En la sala no había nadie más que el anciano que estaba levantando las sillas el cual se le hacía conocido. Ella tomó su bolsa y salió como cada año a enfrentar su soledad.

1 Comment

  • Ricardo Moreno
    Posted November 28, 2011 8:46 am 0Likes

    Falta la palabra “ojos”: “Cuando ella abrió los ojos…”. Caprichos de corrector.
    Bonito cuento tocayo Cartas.

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